It's hard to stay mad when there's so much beauty in the world.
Sometimes I feel like I'm seeing it all at once and it's too much, my heart fills up like a balloon that's about to burst.

domingo, 25 de abril de 2021

Filosofía de vida

La filosofía empieza con el asombro. (Platón, Teeteto, 155)

Desde el momento que llegamos al mundo nos convertimos en personas filósofas, pues nada nos asombra más que la propia conciencia de la existencia. Cada experiencia experimentada por nuestros sentidos es una aventura, un descubrimiento, una lección, una toma de contacto con la propia vida. Y recordar esto debería ser suficiente para responder a la pregunta qué más veces se ha preguntado la humanidad a lo largo de la historia. ¿Cuál es el sentido de la vida? Vivirla. Sin más.

Vivir la vida con virtud. Esa es la máxima de nuestra existencia. Pero, ¿en virtud por qué? ¿Y qué es la virtud de todos modos? La virtud (ἀρετή en el griego clásico de las grandes mentes de nuestra civilización), según una definición aleatoria encontrada por la red, es la disposición de obrar de acuerdo a ideales como el bien, la verdad, la justicia o la belleza. La virtud, digamos, es la excelencia que un ser humano puede llegar a alcanzar. ¿Y no es acaso aspirando a la excelencia como se vive en armonía con el resto del universo?

Pero, ¿cómo se alcanza esa virtud? ¿Es algo con lo que se nace? O, ¿es acaso algo que se aprende? O, ¿quizá sea una combinación de ambas?

A lo largo de la historia, han surgido infinidad de religiones o ideologías seculares que afirmaban que, sin ellas, una vida virtuosa -y por tanto ética- era imposible. Es como si los seres humanos fuéramos incapaces de distinguir entre el bien y mal de forma independiente y autónoma. Pero aunque esto no es cierto, también es verdad que una filosofía de vida (unos principios por los que regirnos), puede ayudarnos a poner orden y a volver al "camino correcto" cada vez que nos desviemos (no desde un punto de vista pecaminoso judeo-cristiano, sino desde el enfoque de la virtud por el bien común).

Hay quien decide adscribirse al cristianismo para llevar una vida más virtuosa, mientras habrá alguien que prefiera guiarse por alguna corriente de pensamiento laica. O también existe la posibilidad de que haya personas que consideren que un popurrí de lo mejor de cada ideología es lo que funciona para ellas. Y este último es mi caso.

Si tuviera que definir brevemente cuál es mi filosofía de vida podría hacerlo en una sola frase: Vive como si cada día fuera el primero (con la misma ilusión y asombro de la infancia), pero también como si fuera el último (saboreando cada instante). O también podría desarrollarlo diciendo con qué corrientes ideológicas me identifico, y cuáles son los rasgos que más valor me aportan. He aquí mi selección: 

  • Yoga: disciplina física y mental que se centra en la meditación como medio para conectar con el todo. Del yoga me gusta que abarca tanto lo físico como lo mental, así como algunos de sus 8 preceptos como son: la no violencia, el desapego, la correcta postura del cuerpo, el control de la respiración, la intención (sankalpa) y por supuesto la meditación.
  • Veganismo: postura ética y estilo de vida que rechaza concebir a los animales como productos o mercancía. De aquí me quedo con la compasión y el tener una alimentación y consumo conscientes.
  • Budismo: doctrina espiritual no ateísta. De esta religión me quedo con la eliminación del sufrimiento, el no quitarle la vida a ningún ser sintiente, el ascetismo y sobre todo con la importancia de la atención y la conciencia plena sobre nuestro cuerpo, mente y sentimientos
  • Estoicismo: filosofía práctica que se basa en el autocontrol y el cultivo de las cuatro virtudes como son la sabiduría, el valor, la justicia y la templanza. Me gusta su pragmatismo y que promueva vivir de acuerdo a nuestra naturaleza humana, es decir, rigiéndonos siempre por la razón y no las emociones. 
  • Feminismo: teoría política que persigue la liberación de la mujer como única forma de alcanzar una sociedad justa e igualitaria. El feminismo no sólo ofrece un marco teórico con el que poder realizar un análisis material histórico, sino que ofrece una alternativa al modelo actual de organización política y social. Promueve el pensamiento crítico y defiende por encima de todo el respeto de los derechos humanos. 
  • Ecologismo: movimiento político y social que defiende la protección del medio ambiente. De aquí me quedo con -y cito a Henry David Thoreau- el amor por la naturaleza como principio rector. Asimismo apoyo su propuesta económica contraria al liberalismo, lo que se conoce como decrecimiento, es decir, la disminución del consumo y la producción (vivir mejor con menos).
  • Método científico: metodología que consiste en obtener nuevos conocimientos a través de la observación, la experimentación, y la formulación, análisis y la modificación de hipótesis. Lo que más me gusta de la ciencia es que se abstiene de hacer observaciones subjetivas y que siempre está abierta a ser refutada. 

Aunque haya elegido varias filosofías de vida para construir la mía propia, lo cierto es que todas ellas pueden reducirse a un denominador común: la virtud. La disposición a actuar haciendo el bien, a no dañar ni a los demás ni a mí misma. La voluntad de obrar justamente, con sentido común, valor y templanza. 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Balance 2020

Creo que este año todo el mundo (y esto no es una forma de hablar) estará de acuerdo a la hora de afirmar que 2020 ha sido un año intenso y complejo. Si a una persona cualquiera le preguntara con qué palabra definiría este año, sin duda alguna contestaría "coronavirus", "pandemia" o cualquier otra cosa relacionada. Yo no voy a usar ninguna de estas palabras para resumir y titular mi 2020, pues como cada año, siempre me baso en mi experiencia personal. Y por mucho que toda la humanidad haya vivido la misma pandemia, cada cual la ha experimentado de una forma y ha sacado sus propias conclusiones.

Ha sido un año lleno de cambios y la vez siento que no ha ocurrido gran cosa. Cuando enero empezó me encontraba fatal a nivel físico y a la vez estaba pasando por un difícil momento personal. En aquel entonces pensaba que nada podría ir a peor, que sin duda, enero sería el peor mes del 2020 y que todo lo que estaba por venir sólo podía ser mejor. ¿Cómo iba a saber yo que se avecinaba una pandemia mundial?

Aunque la verdad es que ahora en perspectiva y ciñéndome a cómo yo me he sentido a nivel personal, puedo decir que aunque no haya viajado este año ni hecho muchas de las cosas que me hubiera gustado, efectivamente enero fue el peor mes del año.

La pandemia y el consecuente confinamiento que la situación requería, me regaló algo que necesitaba y deseaba: tiempo para mí. Fue un parón que no sólo benefició al planeta y a sus habitantes, sino a que a mí a nivel personal me salvó.

Durante los meses de confinamiento el tiempo se me pasó volando, de hecho sentía que al día le faltaban horas para hacer todo lo quería hacer. Disfruté tanto de ese tiempo exclusivo para mí, que cada vez que alargaban el estado de alarma, en cierto modo me alegraba.

El silencio, mis libros, los momento de creatividad y de crecimiento intelectual y personal... Todo contribuyó a que fuera, sin lugar a dudas, el año de la introspección. Esa soledad impuesta me forzó a buscar nuevas maneras de sobrellevar el día a día, de organizar las horas muertas, de cumplir objetivos sin moverme del sitio, de sentirme "productiva" sin "hacer nada", de saber que de alguna forma avanzaba y no me quedaba atascada como el planeta entero. Y así, a fuerza de adaptarme a la situación que nos tocó vivir, saqué el máximo provecho de un año de stand-by global.

¿Qué he aprendido?

  • Que efectivamente todo es imprevisible y por ello debemos vivir en el presente.
  • Que la Tierra no nos necesita.
  • Que las personas somos increíblemente flexibles y nos adaptamos fácilmente a los cambios.
  • Que una sanidad pública y de calidad es el mayor bien que puede tener una sociedad.
  • Que la tecnología puede ayudarnos a sobrellevar grandes crisis.
  • A tener una rutina para el aprendizaje de idiomas, a ser constante y responsable con mis objetivos.
  • A tener una conversación en rumano.
  • Sobre derecho, historia, política y filosofía feminista.
  • Que no voy a anteponer las necesidades o deseos de nadie a los míos propios.

Lo mejor del 2020

  • El silencio, las calles desiertas y poder oír los pájaros que viven en mi barrio.
  • La ausencia de compromisos sociales y obligaciones laborales.
  • El primer día que salí a pasear y vi el mar después de meses encerrada.
  • Las horas dedicadas a la lectura.
  • El frío y la lluvia que hicieron que quedarse en casa en pijama fuera el mejor plan posible.
  • La ausencia de besos y toqueteos protocolarios.
  • Los momentos de creatividad acompañados de infusión y velas.
  • Los bizcochos caseros.
  • Haber tenido tiempo para estudiar y aprender cosas nuevas.
  • Las tardes de feminismo con compañeras increíblemente inteligentes e interesantes.
  • Haber retomado viejos idiomas y haber empezado otros nuevos.
  • Haber conocido personas geniales de diferentes partes del mundo.
  • Haber retomado la correspondencia por carta.

Lo peor:

  • Las dolencias físicas y emocionales que sentí a principio de año.
  • Haber perdido parte de mi independencia.
  • Haber dejado mi antigua rutina, sobre todo los paseos matutinos.

domingo, 23 de agosto de 2020

Políglota

No recuerdo ningún momento de mi vida en el que los idiomas no formaran parte de mi día a día. Siempre me gustó aprender. Mi niñez estuvo rodeada de libros, y las palabras siempre fueron para mí una forma de entretenimiento, de diversión. Recuerdo que me encantaba escribir historias, poemas, guiones de teatro. La comunicación siempre fue mi forma favorita de pasar el tiempo. Cualquier forma de expresión era divertida, y si a eso le sumaba la posibilidad de expresar unas mismas ideas en idiomas diferentes, la diversión parecía aumentar.

La fascinación primera y más fuerte por un idioma extranjero fue por el inglés gracias a la música. Yo quería entender qué decían aquellas canciones que tanto me transmitían con sus melodías. Empecé a traducir canciones literalmente, palabra por palabra, usando un diccionario básico de inglés que aún conservo. Las estructuras no sonaban muy naturales, pero aquellas frases extrañas me ayudaban a hacerme una idea de lo que significaban.

Por medio de la música también me empecé a interesar por el portugués (escuchaba mucha música brasileña) y por el alemán. Recuerdo coger el libreto de un álbum de Djavan y aprenderme las letras de memoria, sin saber muy bien qué decían. Cuando alguien me veía cantar esas canciones con fluidez (más bien me veían mover la boca) pensaban que sabía hablar portugués. ¡Ya me hubiera gustado a mí!

El alemán apareció un poco más tarde en mi vida, allá por el año 2000, cuando yo tenía tan sólo 13 años. Recuerdo estar viendo la tele un día, y haciendo zapping di con el canal de música alemán VIVA y como buena adolescente me enamoré de una banda de 5 chicos que cantaban en un idioma que me cautivó desde el minuto uno. Ese verano convencí a una amiga para apuntarnos a clase de alemán en septiembre. No aprendí demasiado, pero fue suficiente para saber que algún día estudiaría aquel idioma en serio.

Cuando pasé al instituto (donde estudié francés durante 6 años sin pena ni gloria) tenía que elegir lo que iba a estudiar, y aunque yo llevaba años creyendo que quería ser veterinaria por mi amor a los animales, cuando descubrí que existía una carrera que se llamaba Traducción e Interpretación en la que podría aprender varios idiomas y pasarme el día traduciendo textos, no lo dudé ni un momento. Y así lo hice, rellené la matrícula y elegí los idiomas que más me atraían: inglés, alemán e italiano (en el instituto me quedé con las ganas de haberlo tenido como optativa y siempre sentí devoción por la cultura italiana).

Y con la universidad llegó la montaña rusa de emociones. Por fin podía aprender en profundidad aquellos idiomas, pero las clases no eran como yo las imaginaba. Éramos demasiados y no había mucha ocasión de hablar, todo era demasiada gramática (que la amo, no me malinterpretéis) y ejercicios. No existía esa parte de poner en práctica los conocimientos de forma amena y divertida. En general las clases eran algo frías y aburridas. 

Yo que siempre me lo había pasado tan bien en clases de inglés (en la academia a la que iba por las tardes) y que tan segura me sentía a la hora de hablar inglés, no me ocurrió nunca con los otros idiomas durante los años de universidad. Esto me hizo desmotivarme y desconfiar de mis aptitutes lingüísticas. Pero aún me quedaba la experiencia de irme de Erasmus a Alemania y ponerme a prueba allí.

Mi año en Alemania estuvo lleno altibajos y ninguno relacionado con la lingüística (o quizá en parte sí). Y a pesar de haber pasado allí 12 meses, de haber tenido más de 10 asignaturas impartidas íntegramente en alemán y de haber alcanzado aproximadamente un nivel B2, no siento que aprovechara cada minuto de mi estancia allí. Era joven y estúpida y no me centré en lo que realmente importaba. Me sentía sin autoestima, me daba vergüenza hablar, no me esforzaba por mejorar y así acabé frustándome por no ver los avances que cualquiera hubiera esperado. 

Cuando volví a España me cogí otro idioma para terminar la carrera: griego. Y aunque era más difícil que el italiano acabé sacando mejores notas, supongo que porque tuve que esforzarme mucho más. Sin embargo, una vez me licencié y comencé a trabajar, dejé casi totalmente de lado todos los idiomas que había estudiado excepto el inglés. Los años fueron pasando y si ya tenía poca confianza en mis aptitudes, la fui perdiendo del todo. Cuando la gente me preguntaba que cuántos idiomas hablaba siempre contestaba que sólo dos: español e inglés. Me di por vencida y pensé que lo que había perdido ya era irrecuperable y que no tenía sentido ni intentarlo porque estaba demostrado que no era lo mío, que mis capacidades sólo me daban para el inglés.

En los últimos 10 años me he interesado por muchas lenguas (sueco, turco, ruso, chino, etc) -lo que en la comunidad políglota se conoce como dabbling-, pero a la vez nunca he dejado de sentir fascinación por ninguno de los idiomas que aprendí y, de hecho, en diversas ocasiones me propuse retomarlos. Me compré libros, me apunté a clases de verano, hice pruebas de nivel para empezar un curso completo, pero al final siempre ocurría algo que hacía que mi plan no saliera adelante. Yo lo achacaba a factores externos (y a que yo tenía muchas limitaciones), pero en realidad los principales motivos eran: 1) falta de motivación/confianza, 2) falta de una metodología y recursos apropiados, y 3) falta de un sistema o rutina de estudio.

Este verano gracias al descubrimiento de varios canales de YouTube de políglotas he cambiado la perspectiva que tenía sobre el aprendizaje de idiomas y sobre mis propias capacidades y limitaciones. Al ver cómo personas no lingüistas dedican prácticamente todo su tiempo libre a aprender idiomas como hobby y consiguen un nivel impresionante a base de dedicación y constancia, me he dado cuenta de que todo es una cuestión de organizarse y ser perseverante. La clave está en usar materiales de calidad, practicar las diferentes destrezas lingüísticas sin dejar de lado ninguna y sobre todo lanzarse sin miedo y disfrutar del proceso, con objetivos pero sin expectativas. 

Y así es cómo he recuperado la motivación y cómo estoy consiguiendo aprender rumano ahora. Además me he propuesto más en serio que nunca recuperar los idiomas que dejé un poco de lado, con planes específicos y bien definidos. La motivación es tal que estos son los objetivos que me he marcado para el año escolar 2020-2021:

Rumano: ser capaz de mantener una conversación básica de al menos 30 mins, leer artículos e historias infantiles, y alcanzar un A2 para el verano '21.

Alemán: volver a hablar con fluidez, leerme al menos un libro. hacer un curso intensivo de 3 meses y alcanzar un B2.

Italiano: sentirme cómoda hablando, leer artículos, repasar la gramática con clases particulares, alcanzar un B1.

Griego: refrescar el alfabeto, aprender las palabras y frases más comunes.

Portugués: escuchar música brasileña y ser capaz de entender el sentido general y leer poemas de Pessoa.


Pero, ¿voy a usar todos estos idiomas a nivel profesional? No lo sé, pero tampoco me importa. Los idiomas son mi pasión y mi mayor forma de entretenimiento. Pero, ¿algunos de ellos no son un poco "inútiles"? Si creemos que el sistema de signos que una comunidad usa para comunicarse y expresarse en el mundo es algo inútil, ¿qué clase de personas somos? Los idiomas son una herramienta para entenderse, ser más tolerantes y tener acceso a más culturas del mundo. Los idiomas abren puertas a otras formas de entender la vida, a otras maneras de estructurar las ideas, de conceptualizar. ¿Acaso hay algo más humano que el lenguaje?

Así que, ¿por qué aprender tantos idiomas? Para poder disfrutar de más arte y cultura, y, sobre todo, para ser un poquito más humana.

martes, 14 de julio de 2020

Mujer Renacentista


Todo el mundo ha oído hablar alguna vez del hombre renacentista, y si no, seguro que ha visto el famoso dibujo del Hombre de Vitruvio donde pueden verse las asimétricas formas del hombre que representaba los valores de belleza y armonía propios del Renacimiento. El otro día un amigo me llamó mujer renacentista, y me pareció una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca. Pero, ¿cómo es la mujer renacentista? ¿Es aquella que sonríe a medias como la Gioconda, o se parece más a la santa y pura Madonna que tantos artistas renacentistas retrataron? ¿Qué es ser una mujer renacentista? ¿Se puede ser tal cosa?


Para responder a esta última pregunta creo que es necesario hacer un previo repaso a la historia yendo hacia atrás unos cuantos siglos. El Renacimiento fue un movimiento cultural europeo que tuvo lugar entre los siglos XV y XVI y que, como su nombre indica, supuso un renacer de la cultura clásica grecorromana. Sin embargo, a su vez, marcaba también el inicio de lo que conocemos como Edad Moderna, una en la que se rechazaban los valores religiosos y abogaba por el racionalismo. El Renacimiento pretende dejar atrás una época de oscurantismo marcada por el feudalismo, el dogmatismo, la Inquisión y la ignorancia.

El Renacimiento deja de lado el teocentrismo y toma al hombre como medida de todas las cosas. A esa forma antropocéntrica de ver el mundo se le conoce como humanismo (aunque la mitad de la humanidad fuera considerada inferior y estuviera supeditada al varón). El hombre (y la mujer) toma conciencia de sí mismo(a) como individuo y se interesa por la cultura y el saber. El hombre empieza a ser visto como un creador (la mujer sólo como madre, cortesana o, a lo sumo, musa). El Renacentismo aboga por la contemplación libre de la naturaleza y reclama el método científico como fuente de conocimiento. Se rompe con lo bárbaro (eso sí, a las mujeres se las sigue tratando como inútiles) y se empieza a tener una mayor sensibilidad.

Los grandes descubrimientos y avances tecnológicos influyeron enormemente en la forma de pensar de la época. Y aunque la filosofía del momento fuera de corte neoplatónica, las teorías científicas de Copérnico, Kepler y Galileo Galilei marcaron un antes y un después en el modo de ver el mundo. Porque fue durante el Renacimiento cuando se desarrolló la hereje teoría heliocéntrica. El campo de la cartografía también sufrió cambios y fue entonces cuando se dibujó el primer mapa del mundo tras el "descubrimiento" (debería decir invasión y masacre) de América. A su vez, el comercio y los viajes transatlánticos favorecieron la importación de nuevos alimentos y especias (y esclavos/as), enriqueciendo así la gastronomía de cada lugar. 

¡Cómo tuvo que ser formar parte de aquella época tan variopinta!

Por si fuera poco, Guttenberg revolucionó el mundo inventando la imprenta, lo cual facilitó la promoción de la literatura, que a su vez hizo que hubiera una mayor preocupación por la ortografía y la gramática y surgieran las primeras academias de lenguas. El fácil acceso a los libros y la creación de las universidades favoreció el debate intelectual y esto hizo que las personas empezaran a ser valoradas por mérito propio y no por asuntos de sangre.

Los progresos en técnica de dibujo y el estudio de las proporciones propició que el arte (tan fiel a la realidad) fuera utilizado como instrumento de instrucción y empezó a verse como una actividad intelectual y no un mero trabajo manual. Claro ejemplo de ello fue la extensa obra de Leonardo DaVinci, considerado el modelo de hombre renacentista por autonomasia. 

Se decía que el auténtico hombre renacentista era aquel que dominaba las armas y las letras por igual y tenía una gracia natural. No sé si DaVinci dominaba las armas, pero lo que sí que dominaba eran las artes y las ciencias. Porque DaVinci era lo que se conoce como un polímata, es decir, alguien que sabe mucho de todo (ciencias, arte, humanidades), un erudito.

Entonces, volviendo a la pregunta del primer párrafo: ¿qué es ser una mujer renacentista? Pues lo mismo que ser un hombre renacentista. Una persona, sin importar el sexo, que se interesa por aprender mucho profundizando en diferentes disciplinas. Y os puedo asegurar que, aunque se hayan encargado de borrar a esas mujeres de la historia (ya fuera quemándolas en la hoguera o destruyendo sus obras), existieron y seguirán existiendo. 

Una de ellas fue Christine de Pizan, intelectual autodidacta, filósofa humanista, poetisa y autora de varios textos de corte más político. Considerada precursora del feminismo por su obra La ciudad de las damas. Christine fue una rebelde porque se atrevió a cuestionar el pensamiento que se tenía sobre la mujer en la época. Y como ellas, otras muchas ayudaron a transformar poco a poco un mundo dominado por hombres.

Así que haciendo uso del espíritu del Renacimiento y dejando la sinrazón atrás, animo a todas las mujeres del mundo a que se conviertan en "herejes" y polímatas y que llenemos la historia de mujeres renacentistas de verdad. Que recuerden que el ser humano tiene unas capacidades ilimitadas para el conocimiento, y que todas las personas deberíamos desarrollarlas al máximo. Sed siempre insaciablemente curiosas y haced uso de la razón. Sólo así combatiremos la ignorancia y la barbarie. Sólo así dejará de ser el hombre la medida de todas las cosas. Solo así conseguiremos una igualdad real.

"Si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos". Christine de Pizan, La ciudad de las damas (c. 1405)

domingo, 5 de julio de 2020

(F)Estival

Se suponía que el verano era acerca de la libertad, juventud, sin escuela, de las posibilidades, la aventura y la exploración. El verano era un libro de esperanza. Es por eso que amaba y odiaba los veranos. Porque ellos me hacían querer creer.
(Benjamin Alire Sáenz)


Cada año, cuando se repite de nuevo el ciclo estacional, me doy cuenta de que, sin duda alguna, el verano es y siempre será mi estación favorita. Será muy probablemente por todo lo asociado a él (vacaciones, tiempo libre, playa, viajes, etc), pero creo que hay algo más. Hay algo en el aire, en el azul de sus cielos, en el olor que la brisa trae que me hechiza de tal manera que siento que casi me transformo en otra persona. ¿Pero qué es?

El verano, con sus días cálidos y siempre despejados (hablo de mi tierra), invita a salir, a buscar la luz -que tanto se alarga durante la jornada-, a buscar el aire. Es una época viva, con movimiento, llena de alegría -sí, de bullicio también-, de gentes yendo y viniendo. Es un momento del año que mira y tira hacia fuera, al contrario que el otoño y el invierno, que son estaciones de introspección. Quien me conoce sabe que, por mi forma de ser, me identifico más con el carácter retraído del otoño, pero como también soy persona de contrastes, de experimentar nuevas sensaciones, el verano me aporta algo diferente, y es que me proporciona la oportunidad de ser "otra" durante unos meses. El verano me da la mano y me invita a ser mi versión más "extrovertida" (por decirlo de alguna manera), mi versión más activa y aventurera.

En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible. (Albert Camus)
No es casualidad que casi todos mis grandes viajes los haga en verano, es el mejor momento del año para descubrir nuevos lugares y conocer gente. Incluso si no llego a conocer a nadie nuevo, siempre me va a apetecer más compartir tiempo con los demás en verano que en otras épocas del año. El hecho de poder ir a un sitio, encontrarte con alguien, disfrutar del entorno sin necesidad casi de hablar, sentir que las horas del reloj se alargan, que los días son casi ilimitados, que no hay que correr para refugiarse de la noche... ¿Quién querría meterse en casa cuando fuera el cielo está más bonito que nunca?

Además, el verano tiene otro plus, y es el de tener más ánimo para todo (siempre y cuando el terral no apriete). Los cuerpos semidesnudos, bronceados (o no), expuestos al sol, al mar... sin duda se ven más atractivos y salvajes que nunca. Y teniendo en cuenta que la primavera ya nos alteró la sangre, es difícil que la libido no se nos suba y que no sintamos más deseo que nunca. Es como si todos nos volviéramos un poco más animales, pero en el buen sentido. Porque la vida ocurre fuera, a la intemperie, con nuestros semejantes, en armonía con los elementos de la naturaleza y con los cuerpos y mentes llenos de ganas de vivir y disfrutar.

El verano me trae recuerdos de mi infancia, de aquellas tardes eternas junto a la piscina o en la playa con mis amigas. Me transporta a esas meriendas tardías, a esas noches de luz, a esas aguas que aún reverberaban a las 21.00 horas, a esas madrugadas de juegos o charlas en la calle, a esos cielos estrellados que pedían ser observados fijamente, a esas carcajadas que provocaban insomnio. El verano grita a los cuatros vientos juventud, libertad, posibilidad. Me devuelve la vida, la ilusión, las ganas de explorar y de descubrir.

El otro día, mientras me entretenía con el diccionario etimológico, caí en la cuenta de que el adjetivo que se usa para referirnos a algo que ocurre en verano -me refiero a estival-, coincide en casi todos los grafemas con la palabra festival. ¿Y qué es el verano si no una fiesta, una celebración?