It's hard to stay mad when there's so much beauty in the world.
Sometimes I feel like I'm seeing it all at once and it's too much, my heart fills up like a balloon that's about to burst.
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domingo, 5 de julio de 2020

(F)Estival

Se suponía que el verano era acerca de la libertad, juventud, sin escuela, de las posibilidades, la aventura y la exploración. El verano era un libro de esperanza. Es por eso que amaba y odiaba los veranos. Porque ellos me hacían querer creer.
(Benjamin Alire Sáenz)


Cada año, cuando se repite de nuevo el ciclo estacional, me doy cuenta de que, sin duda alguna, el verano es y siempre será mi estación favorita. Será muy probablemente por todo lo asociado a él (vacaciones, tiempo libre, playa, viajes, etc), pero creo que hay algo más. Hay algo en el aire, en el azul de sus cielos, en el olor que la brisa trae que me hechiza de tal manera que siento que casi me transformo en otra persona. ¿Pero qué es?

El verano, con sus días cálidos y siempre despejados (hablo de mi tierra), invita a salir, a buscar la luz -que tanto se alarga durante la jornada-, a buscar el aire. Es una época viva, con movimiento, llena de alegría -sí, de bullicio también-, de gentes yendo y viniendo. Es un momento del año que mira y tira hacia fuera, al contrario que el otoño y el invierno, que son estaciones de introspección. Quien me conoce sabe que, por mi forma de ser, me identifico más con el carácter retraído del otoño, pero como también soy persona de contrastes, de experimentar nuevas sensaciones, el verano me aporta algo diferente, y es que me proporciona la oportunidad de ser "otra" durante unos meses. El verano me da la mano y me invita a ser mi versión más "extrovertida" (por decirlo de alguna manera), mi versión más activa y aventurera.

En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible. (Albert Camus)
No es casualidad que casi todos mis grandes viajes los haga en verano, es el mejor momento del año para descubrir nuevos lugares y conocer gente. Incluso si no llego a conocer a nadie nuevo, siempre me va a apetecer más compartir tiempo con los demás en verano que en otras épocas del año. El hecho de poder ir a un sitio, encontrarte con alguien, disfrutar del entorno sin necesidad casi de hablar, sentir que las horas del reloj se alargan, que los días son casi ilimitados, que no hay que correr para refugiarse de la noche... ¿Quién querría meterse en casa cuando fuera el cielo está más bonito que nunca?

Además, el verano tiene otro plus, y es el de tener más ánimo para todo (siempre y cuando el terral no apriete). Los cuerpos semidesnudos, bronceados (o no), expuestos al sol, al mar... sin duda se ven más atractivos y salvajes que nunca. Y teniendo en cuenta que la primavera ya nos alteró la sangre, es difícil que la libido no se nos suba y que no sintamos más deseo que nunca. Es como si todos nos volviéramos un poco más animales, pero en el buen sentido. Porque la vida ocurre fuera, a la intemperie, con nuestros semejantes, en armonía con los elementos de la naturaleza y con los cuerpos y mentes llenos de ganas de vivir y disfrutar.

El verano me trae recuerdos de mi infancia, de aquellas tardes eternas junto a la piscina o en la playa con mis amigas. Me transporta a esas meriendas tardías, a esas noches de luz, a esas aguas que aún reverberaban a las 21.00 horas, a esas madrugadas de juegos o charlas en la calle, a esos cielos estrellados que pedían ser observados fijamente, a esas carcajadas que provocaban insomnio. El verano grita a los cuatros vientos juventud, libertad, posibilidad. Me devuelve la vida, la ilusión, las ganas de explorar y de descubrir.

El otro día, mientras me entretenía con el diccionario etimológico, caí en la cuenta de que el adjetivo que se usa para referirnos a algo que ocurre en verano -me refiero a estival-, coincide en casi todos los grafemas con la palabra festival. ¿Y qué es el verano si no una fiesta, una celebración?

domingo, 1 de diciembre de 2019

Tempus fugit

Se aproxima el día de mi natalicio y nunca había pensado tanto en el paso del tiempo y en cumplir años como ahora. Cumplir años no ha sido nunca motivo de trauma para mí, al revés, siempre lo he celebrado como algo por lo que estar feliz y agradecida. Cumplir años significa estar viva, crecer, ganar en vivencias, aprendizaje y experiencias varias, lo cual es muy positivo. Pero,  últimamente -no sé si por mi continuo trato con niños y personas más jóvenes- pienso demasiado en aquellos años de niñez o adolescencia.

Siempre he sido muy nostálgica y he recordado el pasado con añoranza y cariño, como algo hacia lo que mirar con mucho mimo, pero nunca como algo a lo que volver. Bueno, no voy a negar que a veces he querido volver mil veces a mi infancia y quedarme ahí eternamente, pero nunca me había ocurrido con otras etapas de mi vida. Como decían en El Rey León, pensaba que había que dejar el pasado atrás.

Siempre repudié los años de instituto y me alegré de haber dejado atrás la adolescencia. No fue una etapa fácil. Entre las hormonas, mi introversión y timidez extremas, los problemas familiares y mis dificultades -y falta de interés- a la hora de socializar, no recuerdo esta etapa de mi vida como una especialmente feliz. Sin embargo, a día de hoy pienso a menudo en todo lo que haría y cómo me comportaría si pudiera volver a aquellos años. Hay veces en las que me encantaría volver a tener 16 años pero con la experiencia y conocimientos que tengo ahora. Claro que entonces no sería lo mismo, porque la gracia de ser adolescente es justamente el estar "empanada" e ir descubriendo la vida y sus contratiempos poco a poco y sobre la marcha. De seguro yo no sería hoy la persona que soy de no haber sido por aquella adolescencia.

Supongo que ahora entiendo cuando las madres y padres nos decían que hiciéramos esto o aquello. Ahora comprendo que lo que querían era enmendar los errores que habían cometido. Y a menudo yo siento la tentación -y a veces peco- de decirles a mis alumnas/os lo que creo que "deberían" hacer, o más bien, lo que me gustaría hacer a mí si volviera a tener su edad. Pero ya sabemos que todo consejo o sugerencia que venga de personas mayores será rechazado porque total, nos hablan desde su punto de vista de adultos amargados y frustrados... ¡Pero cuánta razón tenían muchas de las veces!

No me malinterpretéis, las personas adultas no siempre tienen razón, y no siempre tenemos que escucharlas. De hecho, a veces, la única manera de aprender es ignorándolas y haciendo lo que nos viene en gana. Las hostias hay que dárselas por cuenta propia, sin suelos acolchados. Lo que sí creo que deberíamos hacer más a menudo es escuchar a los más jóvenes, porque quizá nos ayuden a recordar todo aquello que fuimos o quisimos ser y que nunca deberíamos haber dejado de ser o intentado. Tal vez, volver a ser un poco niña o adolescente de vez en cuando no sea malo. A veces, quizá, deberíamos olvidarnos de ser personas maduras y sensatas y cometer alguna locura o ser un poco más impulsivas. La travesura es sana, y divertida. Y la diversión rejuvenece.

Como rezaba aquella frase de Oliver Wendell Holmes que leí en un muro: una no deja de jugar porque se hace mayor, se hace mayor porque deja de jugar. Y qué queréis que os diga, yo estoy a punto de cumplir la edad de Cristo y no quiero ni ser crucificada, ni envejecer. Entonces, habrá que jugar un poco, ¿no?