It's hard to stay mad when there's so much beauty in the world.
Sometimes I feel like I'm seeing it all at once and it's too much, my heart fills up like a balloon that's about to burst.

domingo, 23 de agosto de 2020

Políglota

No recuerdo ningún momento de mi vida en el que los idiomas no formaran parte de mi día a día. Siempre me gustó aprender. Mi niñez estuvo rodeada de libros, y las palabras siempre fueron para mí una forma de entretenimiento, de diversión. Recuerdo que me encantaba escribir historias, poemas, guiones de teatro. La comunicación siempre fue mi forma favorita de pasar el tiempo. Cualquier forma de expresión era divertida, y si a eso le sumaba la posibilidad de expresar unas mismas ideas en idiomas diferentes, la diversión parecía aumentar.

La fascinación primera y más fuerte por un idioma extranjero fue por el inglés gracias a la música. Yo quería entender qué decían aquellas canciones que tanto me transmitían con sus melodías. Empecé a traducir canciones literalmente, palabra por palabra, usando un diccionario básico de inglés que aún conservo. Las estructuras no sonaban muy naturales, pero aquellas frases extrañas me ayudaban a hacerme una idea de lo que significaban.

Por medio de la música también me empecé a interesar por el portugués (escuchaba mucha música brasileña) y por el alemán. Recuerdo coger el libreto de un álbum de Djavan y aprenderme las letras de memoria, sin saber muy bien qué decían. Cuando alguien me veía cantar esas canciones con fluidez (más bien me veían mover la boca) pensaban que sabía hablar portugués. ¡Ya me hubiera gustado a mí!

El alemán apareció un poco más tarde en mi vida, allá por el año 2000, cuando yo tenía tan sólo 13 años. Recuerdo estar viendo la tele un día, y haciendo zapping di con el canal de música alemán VIVA y como buena adolescente me enamoré de una banda de 5 chicos que cantaban en un idioma que me cautivó desde el minuto uno. Ese verano convencí a una amiga para apuntarnos a clase de alemán en septiembre. No aprendí demasiado, pero fue suficiente para saber que algún día estudiaría aquel idioma en serio.

Cuando pasé al instituto (donde estudié francés durante 6 años sin pena ni gloria) tenía que elegir lo que iba a estudiar, y aunque yo llevaba años creyendo que quería ser veterinaria por mi amor a los animales, cuando descubrí que existía una carrera que se llamaba Traducción e Interpretación en la que podría aprender varios idiomas y pasarme el día traduciendo textos, no lo dudé ni un momento. Y así lo hice, rellené la matrícula y elegí los idiomas que más me atraían: inglés, alemán e italiano (en el instituto me quedé con las ganas de haberlo tenido como optativa y siempre sentí devoción por la cultura italiana).

Y con la universidad llegó la montaña rusa de emociones. Por fin podía aprender en profundidad aquellos idiomas, pero las clases no eran como yo las imaginaba. Éramos demasiados y no había mucha ocasión de hablar, todo era demasiada gramática (que la amo, no me malinterpretéis) y ejercicios. No existía esa parte de poner en práctica los conocimientos de forma amena y divertida. En general las clases eran algo frías y aburridas. 

Yo que siempre me lo había pasado tan bien en clases de inglés (en la academia a la que iba por las tardes) y que tan segura me sentía a la hora de hablar inglés, no me ocurrió nunca con los otros idiomas durante los años de universidad. Esto me hizo desmotivarme y desconfiar de mis aptitutes lingüísticas. Pero aún me quedaba la experiencia de irme de Erasmus a Alemania y ponerme a prueba allí.

Mi año en Alemania estuvo lleno altibajos y ninguno relacionado con la lingüística (o quizá en parte sí). Y a pesar de haber pasado allí 12 meses, de haber tenido más de 10 asignaturas impartidas íntegramente en alemán y de haber alcanzado aproximadamente un nivel B2, no siento que aprovechara cada minuto de mi estancia allí. Era joven y estúpida y no me centré en lo que realmente importaba. Me sentía sin autoestima, me daba vergüenza hablar, no me esforzaba por mejorar y así acabé frustándome por no ver los avances que cualquiera hubiera esperado. 

Cuando volví a España me cogí otro idioma para terminar la carrera: griego. Y aunque era más difícil que el italiano acabé sacando mejores notas, supongo que porque tuve que esforzarme mucho más. Sin embargo, una vez me licencié y comencé a trabajar, dejé casi totalmente de lado todos los idiomas que había estudiado excepto el inglés. Los años fueron pasando y si ya tenía poca confianza en mis aptitudes, la fui perdiendo del todo. Cuando la gente me preguntaba que cuántos idiomas hablaba siempre contestaba que sólo dos: español e inglés. Me di por vencida y pensé que lo que había perdido ya era irrecuperable y que no tenía sentido ni intentarlo porque estaba demostrado que no era lo mío, que mis capacidades sólo me daban para el inglés.

En los últimos 10 años me he interesado por muchas lenguas (sueco, turco, ruso, chino, etc) -lo que en la comunidad políglota se conoce como dabbling-, pero a la vez nunca he dejado de sentir fascinación por ninguno de los idiomas que aprendí y, de hecho, en diversas ocasiones me propuse retomarlos. Me compré libros, me apunté a clases de verano, hice pruebas de nivel para empezar un curso completo, pero al final siempre ocurría algo que hacía que mi plan no saliera adelante. Yo lo achacaba a factores externos (y a que yo tenía muchas limitaciones), pero en realidad los principales motivos eran: 1) falta de motivación/confianza, 2) falta de una metodología y recursos apropiados, y 3) falta de un sistema o rutina de estudio.

Este verano gracias al descubrimiento de varios canales de YouTube de políglotas he cambiado la perspectiva que tenía sobre el aprendizaje de idiomas y sobre mis propias capacidades y limitaciones. Al ver cómo personas no lingüistas dedican prácticamente todo su tiempo libre a aprender idiomas como hobby y consiguen un nivel impresionante a base de dedicación y constancia, me he dado cuenta de que todo es una cuestión de organizarse y ser perseverante. La clave está en usar materiales de calidad, practicar las diferentes destrezas lingüísticas sin dejar de lado ninguna y sobre todo lanzarse sin miedo y disfrutar del proceso, con objetivos pero sin expectativas. 

Y así es cómo he recuperado la motivación y cómo estoy consiguiendo aprender rumano ahora. Además me he propuesto más en serio que nunca recuperar los idiomas que dejé un poco de lado, con planes específicos y bien definidos. La motivación es tal que estos son los objetivos que me he marcado para el año escolar 2020-2021:

Rumano: ser capaz de mantener una conversación básica de al menos 30 mins, leer artículos e historias infantiles, y alcanzar un A2 para el verano '21.

Alemán: volver a hablar con fluidez, leerme al menos un libro. hacer un curso intensivo de 3 meses y alcanzar un B2.

Italiano: sentirme cómoda hablando, leer artículos, repasar la gramática con clases particulares, alcanzar un B1.

Griego: refrescar el alfabeto, aprender las palabras y frases más comunes.

Portugués: escuchar música brasileña y ser capaz de entender el sentido general y leer poemas de Pessoa.


Pero, ¿voy a usar todos estos idiomas a nivel profesional? No lo sé, pero tampoco me importa. Los idiomas son mi pasión y mi mayor forma de entretenimiento. Pero, ¿algunos de ellos no son un poco "inútiles"? Si creemos que el sistema de signos que una comunidad usa para comunicarse y expresarse en el mundo es algo inútil, ¿qué clase de personas somos? Los idiomas son una herramienta para entenderse, ser más tolerantes y tener acceso a más culturas del mundo. Los idiomas abren puertas a otras formas de entender la vida, a otras maneras de estructurar las ideas, de conceptualizar. ¿Acaso hay algo más humano que el lenguaje?

Así que, ¿por qué aprender tantos idiomas? Para poder disfrutar de más arte y cultura, y, sobre todo, para ser un poquito más humana.

martes, 14 de julio de 2020

Mujer Renacentista


Todo el mundo ha oído hablar alguna vez del hombre renacentista, y si no, seguro que ha visto el famoso dibujo del Hombre de Vitruvio donde pueden verse las asimétricas formas del hombre que representaba los valores de belleza y armonía propios del Renacimiento. El otro día un amigo me llamó mujer renacentista, y me pareció una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca. Pero, ¿cómo es la mujer renacentista? ¿Es aquella que sonríe a medias como la Gioconda, o se parece más a la santa y pura Madonna que tantos artistas renacentistas retrataron? ¿Qué es ser una mujer renacentista? ¿Se puede ser tal cosa?


Para responder a esta última pregunta creo que es necesario hacer un previo repaso a la historia yendo hacia atrás unos cuantos siglos. El Renacimiento fue un movimiento cultural europeo que tuvo lugar entre los siglos XV y XVI y que, como su nombre indica, supuso un renacer de la cultura clásica grecorromana. Sin embargo, a su vez, marcaba también el inicio de lo que conocemos como Edad Moderna, una en la que se rechazaban los valores religiosos y abogaba por el racionalismo. El Renacimiento pretende dejar atrás una época de oscurantismo marcada por el feudalismo, el dogmatismo, la Inquisión y la ignorancia.

El Renacimiento deja de lado el teocentrismo y toma al hombre como medida de todas las cosas. A esa forma antropocéntrica de ver el mundo se le conoce como humanismo (aunque la mitad de la humanidad fuera considerada inferior y estuviera supeditada al varón). El hombre (y la mujer) toma conciencia de sí mismo(a) como individuo y se interesa por la cultura y el saber. El hombre empieza a ser visto como un creador (la mujer sólo como madre, cortesana o, a lo sumo, musa). El Renacentismo aboga por la contemplación libre de la naturaleza y reclama el método científico como fuente de conocimiento. Se rompe con lo bárbaro (eso sí, a las mujeres se las sigue tratando como inútiles) y se empieza a tener una mayor sensibilidad.

Los grandes descubrimientos y avances tecnológicos influyeron enormemente en la forma de pensar de la época. Y aunque la filosofía del momento fuera de corte neoplatónica, las teorías científicas de Copérnico, Kepler y Galileo Galilei marcaron un antes y un después en el modo de ver el mundo. Porque fue durante el Renacimiento cuando se desarrolló la hereje teoría heliocéntrica. El campo de la cartografía también sufrió cambios y fue entonces cuando se dibujó el primer mapa del mundo tras el "descubrimiento" (debería decir invasión y masacre) de América. A su vez, el comercio y los viajes transatlánticos favorecieron la importación de nuevos alimentos y especias (y esclavos/as), enriqueciendo así la gastronomía de cada lugar. 

¡Cómo tuvo que ser formar parte de aquella época tan variopinta!

Por si fuera poco, Guttenberg revolucionó el mundo inventando la imprenta, lo cual facilitó la promoción de la literatura, que a su vez hizo que hubiera una mayor preocupación por la ortografía y la gramática y surgieran las primeras academias de lenguas. El fácil acceso a los libros y la creación de las universidades favoreció el debate intelectual y esto hizo que las personas empezaran a ser valoradas por mérito propio y no por asuntos de sangre.

Los progresos en técnica de dibujo y el estudio de las proporciones propició que el arte (tan fiel a la realidad) fuera utilizado como instrumento de instrucción y empezó a verse como una actividad intelectual y no un mero trabajo manual. Claro ejemplo de ello fue la extensa obra de Leonardo DaVinci, considerado el modelo de hombre renacentista por autonomasia. 

Se decía que el auténtico hombre renacentista era aquel que dominaba las armas y las letras por igual y tenía una gracia natural. No sé si DaVinci dominaba las armas, pero lo que sí que dominaba eran las artes y las ciencias. Porque DaVinci era lo que se conoce como un polímata, es decir, alguien que sabe mucho de todo (ciencias, arte, humanidades), un erudito.

Entonces, volviendo a la pregunta del primer párrafo: ¿qué es ser una mujer renacentista? Pues lo mismo que ser un hombre renacentista. Una persona, sin importar el sexo, que se interesa por aprender mucho profundizando en diferentes disciplinas. Y os puedo asegurar que, aunque se hayan encargado de borrar a esas mujeres de la historia (ya fuera quemándolas en la hoguera o destruyendo sus obras), existieron y seguirán existiendo. 

Una de ellas fue Christine de Pizan, intelectual autodidacta, filósofa humanista, poetisa y autora de varios textos de corte más político. Considerada precursora del feminismo por su obra La ciudad de las damas. Christine fue una rebelde porque se atrevió a cuestionar el pensamiento que se tenía sobre la mujer en la época. Y como ellas, otras muchas ayudaron a transformar poco a poco un mundo dominado por hombres.

Así que haciendo uso del espíritu del Renacimiento y dejando la sinrazón atrás, animo a todas las mujeres del mundo a que se conviertan en "herejes" y polímatas y que llenemos la historia de mujeres renacentistas de verdad. Que recuerden que el ser humano tiene unas capacidades ilimitadas para el conocimiento, y que todas las personas deberíamos desarrollarlas al máximo. Sed siempre insaciablemente curiosas y haced uso de la razón. Sólo así combatiremos la ignorancia y la barbarie. Sólo así dejará de ser el hombre la medida de todas las cosas. Solo así conseguiremos una igualdad real.

"Si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos". Christine de Pizan, La ciudad de las damas (c. 1405)

domingo, 5 de julio de 2020

(F)Estival

Se suponía que el verano era acerca de la libertad, juventud, sin escuela, de las posibilidades, la aventura y la exploración. El verano era un libro de esperanza. Es por eso que amaba y odiaba los veranos. Porque ellos me hacían querer creer.
(Benjamin Alire Sáenz)


Cada año, cuando se repite de nuevo el ciclo estacional, me doy cuenta de que, sin duda alguna, el verano es y siempre será mi estación favorita. Será muy probablemente por todo lo asociado a él (vacaciones, tiempo libre, playa, viajes, etc), pero creo que hay algo más. Hay algo en el aire, en el azul de sus cielos, en el olor que la brisa trae que me hechiza de tal manera que siento que casi me transformo en otra persona. ¿Pero qué es?

El verano, con sus días cálidos y siempre despejados (hablo de mi tierra), invita a salir, a buscar la luz -que tanto se alarga durante la jornada-, a buscar el aire. Es una época viva, con movimiento, llena de alegría -sí, de bullicio también-, de gentes yendo y viniendo. Es un momento del año que mira y tira hacia fuera, al contrario que el otoño y el invierno, que son estaciones de introspección. Quien me conoce sabe que, por mi forma de ser, me identifico más con el carácter retraído del otoño, pero como también soy persona de contrastes, de experimentar nuevas sensaciones, el verano me aporta algo diferente, y es que me proporciona la oportunidad de ser "otra" durante unos meses. El verano me da la mano y me invita a ser mi versión más "extrovertida" (por decirlo de alguna manera), mi versión más activa y aventurera.

En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible. (Albert Camus)
No es casualidad que casi todos mis grandes viajes los haga en verano, es el mejor momento del año para descubrir nuevos lugares y conocer gente. Incluso si no llego a conocer a nadie nuevo, siempre me va a apetecer más compartir tiempo con los demás en verano que en otras épocas del año. El hecho de poder ir a un sitio, encontrarte con alguien, disfrutar del entorno sin necesidad casi de hablar, sentir que las horas del reloj se alargan, que los días son casi ilimitados, que no hay que correr para refugiarse de la noche... ¿Quién querría meterse en casa cuando fuera el cielo está más bonito que nunca?

Además, el verano tiene otro plus, y es el de tener más ánimo para todo (siempre y cuando el terral no apriete). Los cuerpos semidesnudos, bronceados (o no), expuestos al sol, al mar... sin duda se ven más atractivos y salvajes que nunca. Y teniendo en cuenta que la primavera ya nos alteró la sangre, es difícil que la libido no se nos suba y que no sintamos más deseo que nunca. Es como si todos nos volviéramos un poco más animales, pero en el buen sentido. Porque la vida ocurre fuera, a la intemperie, con nuestros semejantes, en armonía con los elementos de la naturaleza y con los cuerpos y mentes llenos de ganas de vivir y disfrutar.

El verano me trae recuerdos de mi infancia, de aquellas tardes eternas junto a la piscina o en la playa con mis amigas. Me transporta a esas meriendas tardías, a esas noches de luz, a esas aguas que aún reverberaban a las 21.00 horas, a esas madrugadas de juegos o charlas en la calle, a esos cielos estrellados que pedían ser observados fijamente, a esas carcajadas que provocaban insomnio. El verano grita a los cuatros vientos juventud, libertad, posibilidad. Me devuelve la vida, la ilusión, las ganas de explorar y de descubrir.

El otro día, mientras me entretenía con el diccionario etimológico, caí en la cuenta de que el adjetivo que se usa para referirnos a algo que ocurre en verano -me refiero a estival-, coincide en casi todos los grafemas con la palabra festival. ¿Y qué es el verano si no una fiesta, una celebración?

miércoles, 17 de junio de 2020

Salvada por la mañana

Nunca he sido persona de mañana. Desde que era adolescente y durante muchos años, siempre fui persona de acostarse y levantarse tarde. Me encantaba la noche y madrugar para mí fue siempre un suplicio. Pero la gente cambia, prueba cosas nuevas y descubre experiencias que no pensaba que podría disfrutar.

Hace dos veranos me obligaba a levantarme pronto (sobre las 8) para ir a pasear a Milú por la playa. Me encanta disfrutar de esos primeros minutos de luz cuando aún no hacía ese calor sofocante y aún no había gente invadiendo las playas. Y cuando volvía a casa me alegraba de haber madrugado y de tener esas horas extra por la mañana.

El año pasado quise ir más allá, y hacer de esas horas extras algo de provecho. Me pasé días leyendo y buscando consejos de cómo aplicar nuevos hábitos en mi día a día, y tras mucho investigar decidí imponerme una rutina de mañana que me permitiera hacer todas esas cosas que siempre quería hacer y para las que siempre ponía excusas. Oía por todas partes sobre la importancia de tener una buena mañana para que el resto del día fuera igual de satisfactorio. Se dice que levantarse temprano y aprovechar esas primeras horas del día en las que hay menos estímulos, más tranquilidad y la mente y el cuerpo están más frescos, hacía que empezáramos el día con un buen ánimo y que el resto del día fluyera mejor. ¡Y qué razón tenían! 

Empecé a guiarme por los principios de los morning savers, y a los pocos días pude ver como tan sólo aprovechando las mañanas conseguía hacer muchísimo de lo que me proponía y luego tenía toda la tarde para vaguear y ser altamente improductiva.

Y, ¿en qué consisten los Morning SAVERS? Pues en empezar las mañanas sirviéndonos del acrónimo SAVERS de esta manera:

SILENCIO
Es importante dar comienzo al día poco a poco, y disfrutando de la calma de las primeras horas de la mañana, para darle tiempo al cuerpo y a la mente a que despierten progresivamente. Para ello, hay múltiples ideas como:
  • Meditar 
  • Observar/contemplar tu entorno de forma plenamente consciente (mejor si vives cerca de la naturaleza)
  • Practicar ejercicios de respiración
AFIRMACIONES
  • Decirte afirmaciones positivas (Yo soy fuerte, Yo soy valiente,...)
  • Recordarte tus logros para reforzar tu autoestima 
  • Redefinir tus creencias o pensamientos limitantes (con técnicas de PNL)



VISUALIZACIÓN
  • Imaginar cómo quieres que sea tu día
  • Marcarte objetivos para ese día
  • Rescatar tus sueños y metas 
EJERCICIO FÍSICO
  • Dar un paseo, preferiblemente por la naturaleza (playa, campo, parque, etc)
  • Realizar estiramientos
  • Salir a correr al aire libre
  • Hacer yoga
  • Bailar para entrar en calor y animar el cuerpo
  • Seguir una tabla de ejercicios en casa
READING (LECTURA)
  • Leer algún libro que te inspire o te ayude en tu crecimiento personal
  • Estudiar algo que te interese por el mero hecho de aprender y mantener activo y ágil tu cerebro
  • Transportarte a otros mundos con alguna historia de ficción

SCRIBING (ESCRITURA)
  • Páginas matinales (escribir 3 páginas sin pensar nada más levantarte)
  • Vaciar y despejar la mente soltando una lluvia de ideas sobre papel
  • Relatar en tu diario personal tus últimas vivencias
  • Hacer una pequeña lista de dos o tres cosas por las que des las gracias
  • 20 minutos de escritura creativa

miércoles, 3 de junio de 2020

A las cosas por su nombre

Conceptualizar es politizar, como decía Celia Amorós. Es decir, cuando elaboramos una idea sobre un tema concreto, estamos llevando a cabo un proceso por el cual lo anecdótico para a ser categoría, y así es cómo se pueden analizar las cosas en su conjunto y en contexto, y cómo se activa el pensamiento crítico. Lo que no se nombra (no se conceptualiza), no existe. Por eso cuando se trata de luchas sociales, no podemos caer en absolutismos como "todas las vidas importan" e ignorar que hay ciertas vidas que se cobran por el mero hecho de ser consideradas inferiores. Debemos poner el foco en las causas concretas e ir al origen de cada desigualdad. Porque si ignoramos esas desigualdades estructurales e históricas, ¿cómo las vamos a atajar?

Cada movimiento de lucha tiene su causa, su historia y su sujeto político. Borrar el sujeto propio de cada lucha, es silenciar las voces de aquellas personas que sufren una desigualdad por el motivo que sea (por haber nacido X). Restarle importancia a ciertas luchas o decir que no hacen falta, es mirar para otro lado, es ignorar las injusticias, y, peor aún, es perpetuarlas.

Estos días, gracias a la movilización y la solidaridad de la población mundial, se ha vuelto a recordar que las vidas de las personas negras importan (#BlackLivesMatter), que aún existe el racismo en nuestra sociedad y que todavía debemos seguir luchando por los derechos civiles de estas personas. Negar esto es vivir en la ignorancia, y una crueldad. No es lo mismo decir "una persona ha sido asesinada por un policía" que "una persona negra ha sido asesinada por un policía blanco". El lenguaje importa porque con él describimos y conceptualizamos (pasamos de la anécdota a la categoría). Todo el mundo es capaz de ver esta realidad porque las imágenes que hemos visto en los medios de comunicación y redes sociales así lo mostraban. Pero yo me pregunto, ¿por qué no somos capaces de ver lo mismo con otras injusticias? ¿No las podemos ver o no queremos verlas?

Existen múltiples luchas, y todas tienen su nombre propio, su porqué y su razón de ser. Si existen grupos de personas que se reúnen para dar voz a sus vivencias y exigir unos derechos básicos, será porque realmente tienen algo de lo que liberarse, ¿no? Por mencionar algunas: tenemos la lucha antirracista, el colectivo LGB, el movimiento de liberación animal, organizaciones como Save the children, y tenemos, cómo no, el feminismo. ¿Si os digo que el colectivo LGB está liderado por personas lesbianas, gays y bisexuales y luchan por y para que esas personas puedan disfrutar de los derechos básicos que les pertenecen y sean tratadas como seres humanos, creerías que tiene su lógica? O ¿pensaríais que son exclusivistas por no incluir a las personas heterosexuales? ¿Si os digo que la ONG Save the children lucha para proteger a los niños y niñas de todo el mundo y para que tengan un futuro, diríais que es injusto que se deje a las personas adultas fuera o, por el contrario, entenderíais que se trata de un grupo vulnerable que necesita de un apoyo especial? 
¿Por qué entonces, cuando se dice que el feminismo es un movimiento por y para mujeres que busca su liberación (del yugo patriarcal) y que todas puedan disfrutar de los derechos humanos que les pertenecen, se nos tacha de nazis y se nos adjudica múltiples "fobias" (misandria, transfobia, putofobia, niñofobia y otras barbaridades)? Os lo explico: vivimos en una sociedad machista y misógina donde aún se cree que la mujer debe sacrificar sus derechos y hasta su vida por la de todos los demás, que su lucha debe acoger todas las causas porque ese es su rol, cuidar de todos, y no tener voz propia. Los negros pueden alzar el puño y decir que las vidas negras importan, y serán aplaudidos. Los homosexuales pueden exigir poder casarse y tener hijos, y serán admirados por su valentía. Los niños pueden pedir a gritos un futuro mejor, y conmoverán a toda la humanidad. Pero si un grupo de mujeres grita y exige que se respeten sus derechos y libertad de elección, serán tachadas de locas, histéricas, radicales y de promover un discurso de odio. 

Hace no mucho se abolió la esclavitud y se les concedió el derecho a voto a las personas negras. Así mismo las personas homosexuales consiguieron hace nada (en algunos países) el derecho a casarse y a tener hijos. Alguien ingenuo pensó que ya estaba todo conseguido, pero los hechos -y cifras- nos demuestran que estamos lejos de esa ansiada igualdad. Con las mujeres (el 51% de la población mundial) ocurre lo mismo, aunque hayamos adquirido algunos derechos básicos, aún estamos lejos de ser consideradas seres humanos de pleno derecho pues seguimos siendo humilladas, violadas, agredidas, y asesinadas por el mero hecho de ser mujeres.

Así que por favor, dejemos de obviar la realidad y de invisibilizar las injusticias y a los sujetos políticos de cada movimiento, y sobre todo evitemos decir cosas como "todas las vidas importan", "ni machismo ni feminismo", "muertes" en lugar de "feminicidios", y cosas del estilo, y llamemos a las cosas por su nombre.

Las vidas de las mujeres importan.
Las vidas negras importan.
Las vidas de las personas homosexuales importan.
Las vidas de los niños y niñas importan.
Las vidas indígenas importan.
Las vidas de los animales importan.
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