It's hard to stay mad when there's so much beauty in the world.
Sometimes I feel like I'm seeing it all at once and it's too much, my heart fills up like a balloon that's about to burst.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Balance 2021

No sé cuánto tiempo llevo ya haciendo esto del balance anual, pero sin duda es uno de mis momentos favoritos del año. Sentarme en mi escritorio, pararme por un instante y hacer un recorrido a la inversa por los últimos 365 días del año que finaliza y vomitar sobre una página en blanco lo que vaya saliendo de mis entrañas. Siempre lo siento como si se tratara del visionado de una película que ya he visto pero que recuerdo a parches. ¿Sabéis esa sensación de ir escena por escena y poco a poco ir recordando cada detalle con asombro, casi como si fuera la primera vez? Y a menudo pienso "ostras, ¿eso me pasó a mí hace tan solo unos meses?" Siempre es lo mismo, si a principio de año con lo que estaba viviendo me hubieran dicho que acabaría de esta otra manera, nunca me lo hubiera creído.

Cuando empezó el 1 de enero de 2021 pensé que ya tenía clara la palabra que definiría mi año. Creí que esa palabra sería "reconquista". Tenía la certeza de que el 2021 sería el año en el que reconquistaría mis sueños (sin tener muy claros cuáles eran estos en realidad). Me marqué muchos objetivos, casi todos relacionados con los idiomas, pero también con mi independencia y mi paz mental. Quería, al fin y al cabo, sentirme autorrealizada. Y pongo el énfasis en "auto-" porque no quería tener objetivos que involucraran a nadie más a nivel emocional y porque quería sentir la satisfacción de conseguirlos sola, por mí misma.

Al final, como siempre en la vida, una se lleva sorpresas y termina el año dándose cuenta de que todas las personas necesitamos de otras para sentir esa realización. No se trata de dependencia, sino interdependencia. Resulta que, como seres sociales que somos, construir redes de afecto, tener apoyos emocionales y vínculos sólidos, es esencial para nuestro bienestar mental y social.

Empecé el año queriendo estar "sola", teniendo mi espacio, y ahora lo termino anhelando compañía, entendiendo que, obviamente el contacto humano del tipo que sea, no sólo es satisfactorio, sino vital. He aprendido que ni la soledad total ni la dependencia emocional son estados deseables, sino que, por el contrario, la virtud se encuentra en la moderación.

Y tal vez esa debería ser la palabra que elija para definir mi año. Yo que siempre he sido de extremos (y que sigo siéndolo en ciertos aspectos), de blancos o negros, de todo o nada, me hallo en un momento en el que la moderación supone para mí un estado de calma y estabilidad. No quiero vivir en un estado de introspección total y eterno, pero tampoco en uno sobrecargado de estímulos y experiencias. No necesito probar ni abarcarlo todo, no encuentro ya satisfacción en el "cuanto más mejor", ni veo nada positivo en la diversidad per se. Porque resulta que en los límites y el autocontrol he encontrado la mayor libertad. Porque yo elijo -o lo intento, siempre responsablemente - qué, cómo, cuándo y por qué. Porque la exquisitez se encuentra en saber elegir calidad por encima de cantidad.

Lo sé, me estoy haciendo mayor... Y ese es otro pensamiento que ha predominado en mi mente este año: el paso del tiempo. Este año más que nunca he reflexionado muchísimo en la madurez y el envejecimiento como partes intrínsecas e ineludibles de la vida. El cuerpo envejece, y contra eso no podemos hacer nada, más que agradecer cada día que nuestro cuerpo siga cumpliendo las funciones vitales para las que existe. No hace falta amarse continuamente. Con aceptarnos es suficiente. Con nuestra belleza, pero también nuestra fealdad (arrugas, canas y achaques propios de la edad).

Este año me ha servido para darle la vuelta a eso del crecimiento personal y aceptar que no siempre hace falta avanzar ni ser mejor. Que a veces me puedo "estancar" y disfrutar de ese parón sin fustigarme por no ser constantemente "la mejor versión de mí misma". Está bien no cambiar constantemente (ser demasiado volátil no es una virtud). E incluso está bien ser mediocre o del montón. No somos tan especiales (ni hace falta serlo). ¿Acaso no nos basta con ser polvo de estrellas? La felicidad no es estar siempre a tope, ni vivir miles de experiencias increíbles, ni tener cientos de momentos de placer. La felicidad simplemente es aceptar que el mundo puede ser una mierda a veces, pero que la vida puede ser maravillosa si así la sentimos. Despertarnos, respirar, pensar, amar... el mero hecho de poder hacer esto cada día, ya debería ser suficiente.

En en esta sociedad de hiperconsumo (lo quiero todo), inmediatez (lo quiero ya), materialismo (poseer por encima de ser) y superficialidad (lo que cuenta es la imagen que los demás tienen de mí y no cómo me siento), contar con personas con las que poder hablar de la vida, las emociones, los miedos, lo que amamos, lo que odiamos, lo que nos enfada, lo que nos excita... es sin duda un oasis entre tanta sequía de autenticidad y solidez. Y ese es el oasis con el que yo me quedo a final de este 2021.


Lo mejor del 2021

  • Idiomas: haber continuado mis clases de rumano y haber retomado el italiano, pero sobre todo mis profesoras de ambas lenguas. Mujeres inteligentes y divertidas con las que he tenido el placer de aprender y compartir muchísimo.
  • Logros académicos: haber completado con éxito dos cursos de rumano de nivel intermedio-avanzado de forma principalmente autodidacta pero también gracias a la ayuda de personas generosas.
  • Filosofía: haber redescubierto el estoicismo y haber encontrado un grupo con el que compartir reflexiones y sobre todo poner en práctica esta filosofía y forma de vida.
  • Amistad: los reencuentros con viejas amistades, pero también el haber conocido gente nueva maravillosa y haber conectado tanto con ellas.
  • Camino de Santiago: haber vuelto a hacerlo con personas totalmente desconocidas y descubriendo la preciosa geografía gallega.
  • Salud: haberme apuntado a natación y descubrir que he encontrado una actividad física que me hace sentir tan bien.
  • Descanso: haber pasado un verano en el que ha predominado la tranquilidad, la conexión con la naturaleza y el descanso consciente.
  • Relaciones amorosas/eróticas: haber vuelto a sentir emoción, excitación, deseo, pasión, diversión, complicidad, intimidad y placer.
  • Lectura: haber leído una media de 25 libros estimulantes con los que he aprendido y disfrutado muchísimo. A destacar, sin duda: El arte de amar, de Erich Fromm.
  • Trabajo: estar disfrutando de mis clases, de la interacción con mis estudiantes y del cariño y respeto de todos ellos. También haber conseguido clases particulares con las que sacarme un extra.
  • Hogar: haberme mudado por fin al lugar al que tanto ansiaba volver, el apartamento donde mejor me he sentido siempre, donde he podido y sigo construyendo mi pequeño hogar, y donde he hallado la paz mental que tanta falta me hacía.

 

domingo, 26 de diciembre de 2021

Amor, sexo y otros productos de consumo

Si sobre algo he reflexionado en los últimos meses ha sido sobre el sexo, el amor y, en general, las relaciones humanas.

Vivimos en una sociedad capitalista donde la base de todo es el consumo. Tanto tienes, tanto vales. Tanto acumules, tanto poder tienes. El éxito se mide en el número de adquisiciones materiales (o inmateriales) que tengas. Todo tiene un precio. Todo puede comprarse y venderse. Incluso las personas. Incluso el "amor".

Las personas hemos dejado de ser seres humanos, ya no somos sujetos con un cuerpo y una mente pensante con inquietudes, intereses, ideas, sueños, aspiraciones. Las personas hemos pasado a ser objetos de consumo. Objetos sin sentimientos ni deseos propios. Somos tan sólo mercancía intercambiable y reemplazable. Piezas de un engranaje que funcionan mientras haya alguien que nos use y saque un beneficio. Pero todo objeto tiene fecha de caducidad, y cuando deja de servir, se desecha, se tira.

El sexo ya no es un momento de intimidad con otro ser humano, con un igual. El sexo se ha convertido en un pasatiempo, en una válvula de escape para descargar estrés u otras frustraciones más profundas.

El sexo ya no corresponde a ese anhelo de fusión innato en todas las personas, a ese deseo de unión con otra persona. El sexo ya no reporta acercamiento, conocimiento, cariño. Tan sólo proporciona desahogo momentáneo y un vacío mayor después de la separación. El sexo, hoy en día, no ofrece compañía ni una sensación de plenitud más allá del acto físico. El sexo activa un sentimiento de separación y soledad aún mayor del que sentías antes de unirte físicamente a la otra persona.

Y ¿cómo ha ocurrido eso? Lo dicho, gracias al capitalismo que se ha encargado de vaciarnos de todo nuestro valor intrínseco como seres humanos, y poniendo precio a nuestros cuerpos como si fueran meros trozos de carne. No se nos ve como un conjunto con valor y cualidades propias. Se nos valora sólo en base a lo que podemos proporcionar con nuestras respectivas partes del cuerpo. No somos personas, somos objetos penetrables o penetrantes. Podemos penetrar o ser penetradas, pero sólo a un nivel superficial. Profundizar queda prohibido, porque si se nos ocurre desprendernos de todos los estímulos externos que nos distraen, de todos los anucios que nos dicen cuánto podemos acumular, quizá nos dé por sentir que somos seres (y no objetos) con necesidades básicas de cuidados y atención. Y eso nos hace sentir vulnerables. Pero sobre todo, nos hace querer dejar de consumir y acumular conquistas y retos a nuestra lista de pertenencias, y eso es algo que no le conviene al sistema.

Sentir, cuidar, respetar, amar... son acciones que requieren de voluntad, tiempo, dedicación y compromiso, valores opuestos al capitalismo. El capitalismo quiere que las cosas se rompan, que nos aburramos de lo que tenemos, que no nos importe en qué estado se encuentra el "objeto de consumo", porque siempre hay otros disponibles para reemplazarlos. De hecho hay un catálogo lleno. Si uno no te basta o te cansa porque mantenerlo te supone demasiado trabajo, no pasa nada, hay otros miles disponibles para ser consumidos y tirados en cuanto les saques provecho.

Consumir es adictivo, produce dopamina, la hormona del "quiero más". Pero como toda droga o sustancia adictiva, luego deja un vacío difícil de soliviantar. Porque más no es mejor. Porque cuanto más consumes, menos conoces, más en la superficie te quedas. ¿Y acaso las personas no ansiamos en el fondo que nos conozcan, que nos aprecien, que nos mimen, que nos valoren? Pero todo eso conlleva una responsabilidad que no nos enseñan a poner en práctica. Entonces me pregunto, ¿qué pasaría si apostáramos por calidad en lugar de cantidad? ¿Qué pasaría si tratáramos a las personas como sujetos en lugar de como a objetos? ¿Qué pasaría si nuestro tiempo lo invirtiéramos en conocer a las personas con las que interactuamos, preguntándoles, mostrando interés, compartiendo momentos de intimidad con ellas, cuidándolas? ¿Acaso no alcanzaríamos un mayor grado de satisfacción? ¿Acaso no conseguiríamos relaciones más puras, más genuinas, más auténticas y duraderas? ¿Acaso no obtendríamos una mayor sensación de bienestar y felicidad en la confianza y la seguridad de que quien tenemos al lado nos conoce y se preocupa por nosotros, en lugar de vivir eternamente en la incertidumbre y el miedo de no saber cuándo esa persona dejará de utilizarnos o sernos de utilidad?

¿Y si comenzamos una revolución y damos una patada al capitalismo buscando relaciones de calidad (del tipo que sea)? ¿Y si mandamos a la basura el "cuanto más mejor" y, como propusiera Erich Fromm en su obra El arte de amar, ponemos en el centro de nuestras vidas los valores de cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento? ¿Y si en vez de odiarnos tanto hasta el punto de tratarnos como objetos desechables nos amáramos más?

domingo, 25 de abril de 2021

Filosofía de vida

La filosofía empieza con el asombro. (Platón, Teeteto, 155)

Desde el momento que llegamos al mundo nos convertimos en personas filósofas, pues nada nos asombra más que la propia conciencia de la existencia. Cada experiencia experimentada por nuestros sentidos es una aventura, un descubrimiento, una lección, una toma de contacto con la propia vida. Y recordar esto debería ser suficiente para responder a la pregunta qué más veces se ha preguntado la humanidad a lo largo de la historia. ¿Cuál es el sentido de la vida? Vivirla. Sin más.

Vivir la vida con virtud. Esa es la máxima de nuestra existencia. Pero, ¿en virtud por qué? ¿Y qué es la virtud de todos modos? La virtud (ἀρετή en el griego clásico de las grandes mentes de nuestra civilización), según una definición aleatoria encontrada por la red, es la disposición de obrar de acuerdo a ideales como el bien, la verdad, la justicia o la belleza. La virtud, digamos, es la excelencia que un ser humano puede llegar a alcanzar. ¿Y no es acaso aspirando a la excelencia como se vive en armonía con el resto del universo?

Pero, ¿cómo se alcanza esa virtud? ¿Es algo con lo que se nace? O, ¿es acaso algo que se aprende? O, ¿quizá sea una combinación de ambas?

A lo largo de la historia, han surgido infinidad de religiones o ideologías seculares que afirmaban que, sin ellas, una vida virtuosa -y por tanto ética- era imposible. Es como si los seres humanos fuéramos incapaces de distinguir entre el bien y mal de forma independiente y autónoma. Pero aunque esto no es cierto, también es verdad que una filosofía de vida (unos principios por los que regirnos), puede ayudarnos a poner orden y a volver al "camino correcto" cada vez que nos desviemos (no desde un punto de vista pecaminoso judeo-cristiano, sino desde el enfoque de la virtud por el bien común).

Hay quien decide adscribirse al cristianismo para llevar una vida más virtuosa, mientras habrá alguien que prefiera guiarse por alguna corriente de pensamiento laica. O también existe la posibilidad de que haya personas que consideren que un popurrí de lo mejor de cada ideología es lo que funciona para ellas. Y este último es mi caso.

Si tuviera que definir brevemente cuál es mi filosofía de vida podría hacerlo en una sola frase: Vive como si cada día fuera el primero (con la misma ilusión y asombro de la infancia), pero también como si fuera el último (saboreando cada instante). O también podría desarrollarlo diciendo con qué corrientes ideológicas me identifico, y cuáles son los rasgos que más valor me aportan. He aquí mi selección: 

  • Yoga: disciplina física y mental que se centra en la meditación como medio para conectar con el todo. Del yoga me gusta que abarca tanto lo físico como lo mental, así como algunos de sus 8 preceptos como son: la no violencia, el desapego, la correcta postura del cuerpo, el control de la respiración, la intención (sankalpa) y por supuesto la meditación.
  • Veganismo: postura ética y estilo de vida que rechaza concebir a los animales como productos o mercancía. De aquí me quedo con la compasión y el tener una alimentación y consumo conscientes.
  • Budismo: doctrina espiritual no ateísta. De esta religión me quedo con la eliminación del sufrimiento, el no quitarle la vida a ningún ser sintiente, el ascetismo y sobre todo con la importancia de la atención y la conciencia plena sobre nuestro cuerpo, mente y sentimientos
  • Estoicismo: filosofía práctica que se basa en el autocontrol y el cultivo de las cuatro virtudes como son la sabiduría, el valor, la justicia y la templanza. Me gusta su pragmatismo y que promueva vivir de acuerdo a nuestra naturaleza humana, es decir, rigiéndonos siempre por la razón y no las emociones. 
  • Feminismo: teoría política que persigue la liberación de la mujer como única forma de alcanzar una sociedad justa e igualitaria. El feminismo no sólo ofrece un marco teórico con el que poder realizar un análisis material histórico, sino que ofrece una alternativa al modelo actual de organización política y social. Promueve el pensamiento crítico y defiende por encima de todo el respeto de los derechos humanos. 
  • Ecologismo: movimiento político y social que defiende la protección del medio ambiente. De aquí me quedo con -y cito a Henry David Thoreau- el amor por la naturaleza como principio rector. Asimismo apoyo su propuesta económica contraria al liberalismo, lo que se conoce como decrecimiento, es decir, la disminución del consumo y la producción (vivir mejor con menos).
  • Método científico: metodología que consiste en obtener nuevos conocimientos a través de la observación, la experimentación, y la formulación, análisis y la modificación de hipótesis. Lo que más me gusta de la ciencia es que se abstiene de hacer observaciones subjetivas y que siempre está abierta a ser refutada. 

Aunque haya elegido varias filosofías de vida para construir la mía propia, lo cierto es que todas ellas pueden reducirse a un denominador común: la virtud. La disposición a actuar haciendo el bien, a no dañar ni a los demás ni a mí misma. La voluntad de obrar justamente, con sentido común, valor y templanza. 

jueves, 31 de diciembre de 2020

Balance 2020

Creo que este año todo el mundo (y esto no es una forma de hablar) estará de acuerdo a la hora de afirmar que 2020 ha sido un año intenso y complejo. Si a una persona cualquiera le preguntara con qué palabra definiría este año, sin duda alguna contestaría "coronavirus", "pandemia" o cualquier otra cosa relacionada. Yo no voy a usar ninguna de estas palabras para resumir y titular mi 2020, pues como cada año, siempre me baso en mi experiencia personal. Y por mucho que toda la humanidad haya vivido la misma pandemia, cada cual la ha experimentado de una forma y ha sacado sus propias conclusiones.

Ha sido un año lleno de cambios y la vez siento que no ha ocurrido gran cosa. Cuando enero empezó me encontraba fatal a nivel físico y a la vez estaba pasando por un difícil momento personal. En aquel entonces pensaba que nada podría ir a peor, que sin duda, enero sería el peor mes del 2020 y que todo lo que estaba por venir sólo podía ser mejor. ¿Cómo iba a saber yo que se avecinaba una pandemia mundial?

Aunque la verdad es que ahora en perspectiva y ciñéndome a cómo yo me he sentido a nivel personal, puedo decir que aunque no haya viajado este año ni hecho muchas de las cosas que me hubiera gustado, efectivamente enero fue el peor mes del año.

La pandemia y el consecuente confinamiento que la situación requería, me regaló algo que necesitaba y deseaba: tiempo para mí. Fue un parón que no sólo benefició al planeta y a sus habitantes, sino a que a mí a nivel personal me salvó.

Durante los meses de confinamiento el tiempo se me pasó volando, de hecho sentía que al día le faltaban horas para hacer todo lo quería hacer. Disfruté tanto de ese tiempo exclusivo para mí, que cada vez que alargaban el estado de alarma, en cierto modo me alegraba.

El silencio, mis libros, los momento de creatividad y de crecimiento intelectual y personal... Todo contribuyó a que fuera, sin lugar a dudas, el año de la introspección. Esa soledad impuesta me forzó a buscar nuevas maneras de sobrellevar el día a día, de organizar las horas muertas, de cumplir objetivos sin moverme del sitio, de sentirme "productiva" sin "hacer nada", de saber que de alguna forma avanzaba y no me quedaba atascada como el planeta entero. Y así, a fuerza de adaptarme a la situación que nos tocó vivir, saqué el máximo provecho de un año de stand-by global.

¿Qué he aprendido?

  • Que efectivamente todo es imprevisible y por ello debemos vivir en el presente.
  • Que la Tierra no nos necesita.
  • Que las personas somos increíblemente flexibles y nos adaptamos fácilmente a los cambios.
  • Que una sanidad pública y de calidad es el mayor bien que puede tener una sociedad.
  • Que la tecnología puede ayudarnos a sobrellevar grandes crisis.
  • A tener una rutina para el aprendizaje de idiomas, a ser constante y responsable con mis objetivos.
  • A tener una conversación en rumano.
  • Sobre derecho, historia, política y filosofía feminista.
  • Que no voy a anteponer las necesidades o deseos de nadie a los míos propios.

Lo mejor del 2020

  • El silencio, las calles desiertas y poder oír los pájaros que viven en mi barrio.
  • La ausencia de compromisos sociales y obligaciones laborales.
  • El primer día que salí a pasear y vi el mar después de meses encerrada.
  • Las horas dedicadas a la lectura.
  • El frío y la lluvia que hicieron que quedarse en casa en pijama fuera el mejor plan posible.
  • La ausencia de besos y toqueteos protocolarios.
  • Los momentos de creatividad acompañados de infusión y velas.
  • Los bizcochos caseros.
  • Haber tenido tiempo para estudiar y aprender cosas nuevas.
  • Las tardes de feminismo con compañeras increíblemente inteligentes e interesantes.
  • Haber retomado viejos idiomas y haber empezado otros nuevos.
  • Haber conocido personas geniales de diferentes partes del mundo.
  • Haber retomado la correspondencia por carta.

Lo peor:

  • Las dolencias físicas y emocionales que sentí a principio de año.
  • Haber perdido parte de mi independencia.
  • Haber dejado mi antigua rutina, sobre todo los paseos matutinos.

domingo, 23 de agosto de 2020

Políglota

No recuerdo ningún momento de mi vida en el que los idiomas no formaran parte de mi día a día. Siempre me gustó aprender. Mi niñez estuvo rodeada de libros, y las palabras siempre fueron para mí una forma de entretenimiento, de diversión. Recuerdo que me encantaba escribir historias, poemas, guiones de teatro. La comunicación siempre fue mi forma favorita de pasar el tiempo. Cualquier forma de expresión era divertida, y si a eso le sumaba la posibilidad de expresar unas mismas ideas en idiomas diferentes, la diversión parecía aumentar.

La fascinación primera y más fuerte por un idioma extranjero fue por el inglés gracias a la música. Yo quería entender qué decían aquellas canciones que tanto me transmitían con sus melodías. Empecé a traducir canciones literalmente, palabra por palabra, usando un diccionario básico de inglés que aún conservo. Las estructuras no sonaban muy naturales, pero aquellas frases extrañas me ayudaban a hacerme una idea de lo que significaban.

Por medio de la música también me empecé a interesar por el portugués (escuchaba mucha música brasileña) y por el alemán. Recuerdo coger el libreto de un álbum de Djavan y aprenderme las letras de memoria, sin saber muy bien qué decían. Cuando alguien me veía cantar esas canciones con fluidez (más bien me veían mover la boca) pensaban que sabía hablar portugués. ¡Ya me hubiera gustado a mí!

El alemán apareció un poco más tarde en mi vida, allá por el año 2000, cuando yo tenía tan sólo 13 años. Recuerdo estar viendo la tele un día, y haciendo zapping di con el canal de música alemán VIVA y como buena adolescente me enamoré de una banda de 5 chicos que cantaban en un idioma que me cautivó desde el minuto uno. Ese verano convencí a una amiga para apuntarnos a clase de alemán en septiembre. No aprendí demasiado, pero fue suficiente para saber que algún día estudiaría aquel idioma en serio.

Cuando pasé al instituto (donde estudié francés durante 6 años sin pena ni gloria) tenía que elegir lo que iba a estudiar, y aunque yo llevaba años creyendo que quería ser veterinaria por mi amor a los animales, cuando descubrí que existía una carrera que se llamaba Traducción e Interpretación en la que podría aprender varios idiomas y pasarme el día traduciendo textos, no lo dudé ni un momento. Y así lo hice, rellené la matrícula y elegí los idiomas que más me atraían: inglés, alemán e italiano (en el instituto me quedé con las ganas de haberlo tenido como optativa y siempre sentí devoción por la cultura italiana).

Y con la universidad llegó la montaña rusa de emociones. Por fin podía aprender en profundidad aquellos idiomas, pero las clases no eran como yo las imaginaba. Éramos demasiados y no había mucha ocasión de hablar, todo era demasiada gramática (que la amo, no me malinterpretéis) y ejercicios. No existía esa parte de poner en práctica los conocimientos de forma amena y divertida. En general las clases eran algo frías y aburridas. 

Yo que siempre me lo había pasado tan bien en clases de inglés (en la academia a la que iba por las tardes) y que tan segura me sentía a la hora de hablar inglés, no me ocurrió nunca con los otros idiomas durante los años de universidad. Esto me hizo desmotivarme y desconfiar de mis aptitutes lingüísticas. Pero aún me quedaba la experiencia de irme de Erasmus a Alemania y ponerme a prueba allí.

Mi año en Alemania estuvo lleno altibajos y ninguno relacionado con la lingüística (o quizá en parte sí). Y a pesar de haber pasado allí 12 meses, de haber tenido más de 10 asignaturas impartidas íntegramente en alemán y de haber alcanzado aproximadamente un nivel B2, no siento que aprovechara cada minuto de mi estancia allí. Era joven y estúpida y no me centré en lo que realmente importaba. Me sentía sin autoestima, me daba vergüenza hablar, no me esforzaba por mejorar y así acabé frustándome por no ver los avances que cualquiera hubiera esperado. 

Cuando volví a España me cogí otro idioma para terminar la carrera: griego. Y aunque era más difícil que el italiano acabé sacando mejores notas, supongo que porque tuve que esforzarme mucho más. Sin embargo, una vez me licencié y comencé a trabajar, dejé casi totalmente de lado todos los idiomas que había estudiado excepto el inglés. Los años fueron pasando y si ya tenía poca confianza en mis aptitudes, la fui perdiendo del todo. Cuando la gente me preguntaba que cuántos idiomas hablaba siempre contestaba que sólo dos: español e inglés. Me di por vencida y pensé que lo que había perdido ya era irrecuperable y que no tenía sentido ni intentarlo porque estaba demostrado que no era lo mío, que mis capacidades sólo me daban para el inglés.

En los últimos 10 años me he interesado por muchas lenguas (sueco, turco, ruso, chino, etc) -lo que en la comunidad políglota se conoce como dabbling-, pero a la vez nunca he dejado de sentir fascinación por ninguno de los idiomas que aprendí y, de hecho, en diversas ocasiones me propuse retomarlos. Me compré libros, me apunté a clases de verano, hice pruebas de nivel para empezar un curso completo, pero al final siempre ocurría algo que hacía que mi plan no saliera adelante. Yo lo achacaba a factores externos (y a que yo tenía muchas limitaciones), pero en realidad los principales motivos eran: 1) falta de motivación/confianza, 2) falta de una metodología y recursos apropiados, y 3) falta de un sistema o rutina de estudio.

Este verano gracias al descubrimiento de varios canales de YouTube de políglotas he cambiado la perspectiva que tenía sobre el aprendizaje de idiomas y sobre mis propias capacidades y limitaciones. Al ver cómo personas no lingüistas dedican prácticamente todo su tiempo libre a aprender idiomas como hobby y consiguen un nivel impresionante a base de dedicación y constancia, me he dado cuenta de que todo es una cuestión de organizarse y ser perseverante. La clave está en usar materiales de calidad, practicar las diferentes destrezas lingüísticas sin dejar de lado ninguna y sobre todo lanzarse sin miedo y disfrutar del proceso, con objetivos pero sin expectativas. 

Y así es cómo he recuperado la motivación y cómo estoy consiguiendo aprender rumano ahora. Además me he propuesto más en serio que nunca recuperar los idiomas que dejé un poco de lado, con planes específicos y bien definidos. La motivación es tal que estos son los objetivos que me he marcado para el año escolar 2020-2021:

Rumano: ser capaz de mantener una conversación básica de al menos 30 mins, leer artículos e historias infantiles, y alcanzar un A2 para el verano '21.

Alemán: volver a hablar con fluidez, leerme al menos un libro. hacer un curso intensivo de 3 meses y alcanzar un B2.

Italiano: sentirme cómoda hablando, leer artículos, repasar la gramática con clases particulares, alcanzar un B1.

Griego: refrescar el alfabeto, aprender las palabras y frases más comunes.

Portugués: escuchar música brasileña y ser capaz de entender el sentido general y leer poemas de Pessoa.


Pero, ¿voy a usar todos estos idiomas a nivel profesional? No lo sé, pero tampoco me importa. Los idiomas son mi pasión y mi mayor forma de entretenimiento. Pero, ¿algunos de ellos no son un poco "inútiles"? Si creemos que el sistema de signos que una comunidad usa para comunicarse y expresarse en el mundo es algo inútil, ¿qué clase de personas somos? Los idiomas son una herramienta para entenderse, ser más tolerantes y tener acceso a más culturas del mundo. Los idiomas abren puertas a otras formas de entender la vida, a otras maneras de estructurar las ideas, de conceptualizar. ¿Acaso hay algo más humano que el lenguaje?

Así que, ¿por qué aprender tantos idiomas? Para poder disfrutar de más arte y cultura, y, sobre todo, para ser un poquito más humana.

martes, 14 de julio de 2020

Mujer Renacentista


Todo el mundo ha oído hablar alguna vez del hombre renacentista, y si no, seguro que ha visto el famoso dibujo del Hombre de Vitruvio donde pueden verse las asimétricas formas del hombre que representaba los valores de belleza y armonía propios del Renacimiento. El otro día un amigo me llamó mujer renacentista, y me pareció una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca. Pero, ¿cómo es la mujer renacentista? ¿Es aquella que sonríe a medias como la Gioconda, o se parece más a la santa y pura Madonna que tantos artistas renacentistas retrataron? ¿Qué es ser una mujer renacentista? ¿Se puede ser tal cosa?


Para responder a esta última pregunta creo que es necesario hacer un previo repaso a la historia yendo hacia atrás unos cuantos siglos. El Renacimiento fue un movimiento cultural europeo que tuvo lugar entre los siglos XV y XVI y que, como su nombre indica, supuso un renacer de la cultura clásica grecorromana. Sin embargo, a su vez, marcaba también el inicio de lo que conocemos como Edad Moderna, una en la que se rechazaban los valores religiosos y abogaba por el racionalismo. El Renacimiento pretende dejar atrás una época de oscurantismo marcada por el feudalismo, el dogmatismo, la Inquisión y la ignorancia.

El Renacimiento deja de lado el teocentrismo y toma al hombre como medida de todas las cosas. A esa forma antropocéntrica de ver el mundo se le conoce como humanismo (aunque la mitad de la humanidad fuera considerada inferior y estuviera supeditada al varón). El hombre (y la mujer) toma conciencia de sí mismo(a) como individuo y se interesa por la cultura y el saber. El hombre empieza a ser visto como un creador (la mujer sólo como madre, cortesana o, a lo sumo, musa). El Renacentismo aboga por la contemplación libre de la naturaleza y reclama el método científico como fuente de conocimiento. Se rompe con lo bárbaro (eso sí, a las mujeres se las sigue tratando como inútiles) y se empieza a tener una mayor sensibilidad.

Los grandes descubrimientos y avances tecnológicos influyeron enormemente en la forma de pensar de la época. Y aunque la filosofía del momento fuera de corte neoplatónica, las teorías científicas de Copérnico, Kepler y Galileo Galilei marcaron un antes y un después en el modo de ver el mundo. Porque fue durante el Renacimiento cuando se desarrolló la hereje teoría heliocéntrica. El campo de la cartografía también sufrió cambios y fue entonces cuando se dibujó el primer mapa del mundo tras el "descubrimiento" (debería decir invasión y masacre) de América. A su vez, el comercio y los viajes transatlánticos favorecieron la importación de nuevos alimentos y especias (y esclavos/as), enriqueciendo así la gastronomía de cada lugar. 

¡Cómo tuvo que ser formar parte de aquella época tan variopinta!

Por si fuera poco, Guttenberg revolucionó el mundo inventando la imprenta, lo cual facilitó la promoción de la literatura, que a su vez hizo que hubiera una mayor preocupación por la ortografía y la gramática y surgieran las primeras academias de lenguas. El fácil acceso a los libros y la creación de las universidades favoreció el debate intelectual y esto hizo que las personas empezaran a ser valoradas por mérito propio y no por asuntos de sangre.

Los progresos en técnica de dibujo y el estudio de las proporciones propició que el arte (tan fiel a la realidad) fuera utilizado como instrumento de instrucción y empezó a verse como una actividad intelectual y no un mero trabajo manual. Claro ejemplo de ello fue la extensa obra de Leonardo DaVinci, considerado el modelo de hombre renacentista por autonomasia. 

Se decía que el auténtico hombre renacentista era aquel que dominaba las armas y las letras por igual y tenía una gracia natural. No sé si DaVinci dominaba las armas, pero lo que sí que dominaba eran las artes y las ciencias. Porque DaVinci era lo que se conoce como un polímata, es decir, alguien que sabe mucho de todo (ciencias, arte, humanidades), un erudito.

Entonces, volviendo a la pregunta del primer párrafo: ¿qué es ser una mujer renacentista? Pues lo mismo que ser un hombre renacentista. Una persona, sin importar el sexo, que se interesa por aprender mucho profundizando en diferentes disciplinas. Y os puedo asegurar que, aunque se hayan encargado de borrar a esas mujeres de la historia (ya fuera quemándolas en la hoguera o destruyendo sus obras), existieron y seguirán existiendo. 

Una de ellas fue Christine de Pizan, intelectual autodidacta, filósofa humanista, poetisa y autora de varios textos de corte más político. Considerada precursora del feminismo por su obra La ciudad de las damas. Christine fue una rebelde porque se atrevió a cuestionar el pensamiento que se tenía sobre la mujer en la época. Y como ellas, otras muchas ayudaron a transformar poco a poco un mundo dominado por hombres.

Así que haciendo uso del espíritu del Renacimiento y dejando la sinrazón atrás, animo a todas las mujeres del mundo a que se conviertan en "herejes" y polímatas y que llenemos la historia de mujeres renacentistas de verdad. Que recuerden que el ser humano tiene unas capacidades ilimitadas para el conocimiento, y que todas las personas deberíamos desarrollarlas al máximo. Sed siempre insaciablemente curiosas y haced uso de la razón. Sólo así combatiremos la ignorancia y la barbarie. Sólo así dejará de ser el hombre la medida de todas las cosas. Solo así conseguiremos una igualdad real.

"Si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos". Christine de Pizan, La ciudad de las damas (c. 1405)

domingo, 5 de julio de 2020

(F)Estival

Se suponía que el verano era acerca de la libertad, juventud, sin escuela, de las posibilidades, la aventura y la exploración. El verano era un libro de esperanza. Es por eso que amaba y odiaba los veranos. Porque ellos me hacían querer creer.
(Benjamin Alire Sáenz)


Cada año, cuando se repite de nuevo el ciclo estacional, me doy cuenta de que, sin duda alguna, el verano es y siempre será mi estación favorita. Será muy probablemente por todo lo asociado a él (vacaciones, tiempo libre, playa, viajes, etc), pero creo que hay algo más. Hay algo en el aire, en el azul de sus cielos, en el olor que la brisa trae que me hechiza de tal manera que siento que casi me transformo en otra persona. ¿Pero qué es?

El verano, con sus días cálidos y siempre despejados (hablo de mi tierra), invita a salir, a buscar la luz -que tanto se alarga durante la jornada-, a buscar el aire. Es una época viva, con movimiento, llena de alegría -sí, de bullicio también-, de gentes yendo y viniendo. Es un momento del año que mira y tira hacia fuera, al contrario que el otoño y el invierno, que son estaciones de introspección. Quien me conoce sabe que, por mi forma de ser, me identifico más con el carácter retraído del otoño, pero como también soy persona de contrastes, de experimentar nuevas sensaciones, el verano me aporta algo diferente, y es que me proporciona la oportunidad de ser "otra" durante unos meses. El verano me da la mano y me invita a ser mi versión más "extrovertida" (por decirlo de alguna manera), mi versión más activa y aventurera.

En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible. (Albert Camus)
No es casualidad que casi todos mis grandes viajes los haga en verano, es el mejor momento del año para descubrir nuevos lugares y conocer gente. Incluso si no llego a conocer a nadie nuevo, siempre me va a apetecer más compartir tiempo con los demás en verano que en otras épocas del año. El hecho de poder ir a un sitio, encontrarte con alguien, disfrutar del entorno sin necesidad casi de hablar, sentir que las horas del reloj se alargan, que los días son casi ilimitados, que no hay que correr para refugiarse de la noche... ¿Quién querría meterse en casa cuando fuera el cielo está más bonito que nunca?

Además, el verano tiene otro plus, y es el de tener más ánimo para todo (siempre y cuando el terral no apriete). Los cuerpos semidesnudos, bronceados (o no), expuestos al sol, al mar... sin duda se ven más atractivos y salvajes que nunca. Y teniendo en cuenta que la primavera ya nos alteró la sangre, es difícil que la libido no se nos suba y que no sintamos más deseo que nunca. Es como si todos nos volviéramos un poco más animales, pero en el buen sentido. Porque la vida ocurre fuera, a la intemperie, con nuestros semejantes, en armonía con los elementos de la naturaleza y con los cuerpos y mentes llenos de ganas de vivir y disfrutar.

El verano me trae recuerdos de mi infancia, de aquellas tardes eternas junto a la piscina o en la playa con mis amigas. Me transporta a esas meriendas tardías, a esas noches de luz, a esas aguas que aún reverberaban a las 21.00 horas, a esas madrugadas de juegos o charlas en la calle, a esos cielos estrellados que pedían ser observados fijamente, a esas carcajadas que provocaban insomnio. El verano grita a los cuatros vientos juventud, libertad, posibilidad. Me devuelve la vida, la ilusión, las ganas de explorar y de descubrir.

El otro día, mientras me entretenía con el diccionario etimológico, caí en la cuenta de que el adjetivo que se usa para referirnos a algo que ocurre en verano -me refiero a estival-, coincide en casi todos los grafemas con la palabra festival. ¿Y qué es el verano si no una fiesta, una celebración?

miércoles, 17 de junio de 2020

Salvada por la mañana

Nunca he sido persona de mañana. Desde que era adolescente y durante muchos años, siempre fui persona de acostarse y levantarse tarde. Me encantaba la noche y madrugar para mí fue siempre un suplicio. Pero la gente cambia, prueba cosas nuevas y descubre experiencias que no pensaba que podría disfrutar.

Hace dos veranos me obligaba a levantarme pronto (sobre las 8) para ir a pasear a Milú por la playa. Me encanta disfrutar de esos primeros minutos de luz cuando aún no hacía ese calor sofocante y aún no había gente invadiendo las playas. Y cuando volvía a casa me alegraba de haber madrugado y de tener esas horas extra por la mañana.

El año pasado quise ir más allá, y hacer de esas horas extras algo de provecho. Me pasé días leyendo y buscando consejos de cómo aplicar nuevos hábitos en mi día a día, y tras mucho investigar decidí imponerme una rutina de mañana que me permitiera hacer todas esas cosas que siempre quería hacer y para las que siempre ponía excusas. Oía por todas partes sobre la importancia de tener una buena mañana para que el resto del día fuera igual de satisfactorio. Se dice que levantarse temprano y aprovechar esas primeras horas del día en las que hay menos estímulos, más tranquilidad y la mente y el cuerpo están más frescos, hacía que empezáramos el día con un buen ánimo y que el resto del día fluyera mejor. ¡Y qué razón tenían! 

Empecé a guiarme por los principios de los morning savers, y a los pocos días pude ver como tan sólo aprovechando las mañanas conseguía hacer muchísimo de lo que me proponía y luego tenía toda la tarde para vaguear y ser altamente improductiva.

Y, ¿en qué consisten los Morning SAVERS? Pues en empezar las mañanas sirviéndonos del acrónimo SAVERS de esta manera:

SILENCIO
Es importante dar comienzo al día poco a poco, y disfrutando de la calma de las primeras horas de la mañana, para darle tiempo al cuerpo y a la mente a que despierten progresivamente. Para ello, hay múltiples ideas como:
  • Meditar 
  • Observar/contemplar tu entorno de forma plenamente consciente (mejor si vives cerca de la naturaleza)
  • Practicar ejercicios de respiración
AFIRMACIONES
  • Decirte afirmaciones positivas (Yo soy fuerte, Yo soy valiente,...)
  • Recordarte tus logros para reforzar tu autoestima 
  • Redefinir tus creencias o pensamientos limitantes (con técnicas de PNL)



VISUALIZACIÓN
  • Imaginar cómo quieres que sea tu día
  • Marcarte objetivos para ese día
  • Rescatar tus sueños y metas 
EJERCICIO FÍSICO
  • Dar un paseo, preferiblemente por la naturaleza (playa, campo, parque, etc)
  • Realizar estiramientos
  • Salir a correr al aire libre
  • Hacer yoga
  • Bailar para entrar en calor y animar el cuerpo
  • Seguir una tabla de ejercicios en casa
READING (LECTURA)
  • Leer algún libro que te inspire o te ayude en tu crecimiento personal
  • Estudiar algo que te interese por el mero hecho de aprender y mantener activo y ágil tu cerebro
  • Transportarte a otros mundos con alguna historia de ficción

SCRIBING (ESCRITURA)
  • Páginas matinales (escribir 3 páginas sin pensar nada más levantarte)
  • Vaciar y despejar la mente soltando una lluvia de ideas sobre papel
  • Relatar en tu diario personal tus últimas vivencias
  • Hacer una pequeña lista de dos o tres cosas por las que des las gracias
  • 20 minutos de escritura creativa

miércoles, 3 de junio de 2020

A las cosas por su nombre

Conceptualizar es politizar, como decía Celia Amorós. Es decir, cuando elaboramos una idea sobre un tema concreto, estamos llevando a cabo un proceso por el cual lo anecdótico para a ser categoría, y así es cómo se pueden analizar las cosas en su conjunto y en contexto, y cómo se activa el pensamiento crítico. Lo quno se nombra (no se conceptualiza), no existe. Por eso cuando se trata de luchas sociales, no podemos caer en absolutismos como "todas las vidas importan" e ignorar que hay ciertas vidas que se cobran por el mero hecho de ser consideradas inferiores. Debemos poner el foco en las causas concretas e ir al origen de cada desigualdad. Porque si ignoramos esas desigualdades estructurales e históricas, ¿cómo las vamos a atajar?

Cada movimiento de lucha tiene su causa, su historia y su sujeto político. Borrar el sujeto propio de cada lucha, es silenciar las voces de aquellas personas que sufren una desigualdad por el motivo que sea (por haber nacido X). Restarle importancia a ciertas luchas o decir que no hacen falta, es mirar para otro lado, es ignorar las injusticias, y, peor aún, es perpetuarlas.

Estos días, gracias a la movilización y la solidaridad de la población mundial, se ha vuelto a recordar que las vidas de las personas negras importan (#BlackLivesMatter), que aún existe el racismo en nuestra sociedad y que todavía debemos seguir luchando por los derechos civiles de estas personas. Negar esto es vivir en la ignorancia, y una crueldad. No es lo mismo decir "una persona ha sido asesinada por un policía" que "una persona negra ha sido asesinada por un policía blanco". El lenguaje importa porque con él describimos y conceptualizamos (pasamos de la anécdota a la categoría). Todo el mundo es capaz de ver esta realidad porque las imágenes que hemos visto en los medios de comunicación y redes sociales así lo mostraban. Pero yo me pregunto, ¿por qué no somos capaces de ver lo mismo con otras injusticias? ¿No las podemos ver o no queremos verlas?

Existen múltiples luchas, y todas tienen su nombre propio, su porqué y su razón de ser. Si existen grupos de personas que se reúnen para dar voz a sus vivencias y exigir unos derechos básicos, será porque realmente tienen algo de lo que liberarse, ¿no? Por mencionar algunas: tenemos la lucha antirracista, el colectivo LGB, el movimiento de liberación animal, organizaciones como Save the children, y tenemos, cómo no, el feminismo. ¿Si os digo que el colectivo LGB está liderado por personas lesbianas, gays y bisexuales y luchan por y para que esas personas puedan disfrutar de los derechos básicos que les pertenecen y sean tratadas como seres humanos, creerías que tiene su lógica? O ¿pensaríais que son exclusivistas por no incluir a las personas heterosexuales? ¿Si os digo que la ONG Save the children lucha para proteger a los niños y niñas de todo el mundo y para que tengan un futuro, diríais que es injusto que se deje a las personas adultas fuera o, por el contrario, entenderíais que se trata de un grupo vulnerable que necesita de un apoyo especial? 
¿Por qué entonces, cuando se dice que el feminismo es un movimiento por y para mujeres que busca su liberación (del yugo patriarcal) y que todas puedan disfrutar de los derechos humanos que les pertenecen, se nos tacha de nazis y se nos adjudica múltiples "fobias" (misandria, transfobia, putofobia, niñofobia y otras barbaridades)? Os lo explico: vivimos en una sociedad machista y misógina donde aún se cree que la mujer debe sacrificar sus derechos y hasta su vida por la de todos los demás, que su lucha debe acoger todas las causas porque ese es su rol, cuidar de todos, y no tener voz propia. Los negros pueden alzar el puño y decir que las vidas negras importan, y serán aplaudidos. Los homosexuales pueden exigir poder casarse y tener hijos, y serán admirados por su valentía. Los niños pueden pedir a gritos un futuro mejor, y conmoverán a toda la humanidad. Pero si un grupo de mujeres grita y exige que se respeten sus derechos y libertad de elección, serán tachadas de locas, histéricas, radicales y de promover un discurso de odio. 

Hace no mucho se abolió la esclavitud y se les concedió el derecho a voto a las personas negras. Así mismo las personas homosexuales consiguieron hace nada (en algunos países) el derecho a casarse y a tener hijos. Alguien ingenuo pensó que ya estaba todo conseguido, pero los hechos -y cifras- nos demuestran que estamos lejos de esa ansiada igualdad. Con las mujeres (el 51% de la población mundial) ocurre lo mismo, aunque hayamos adquirido algunos derechos básicos, aún estamos lejos de ser consideradas seres humanos de pleno derecho pues seguimos siendo humilladas, violadas, agredidas, y asesinadas por el mero hecho de ser mujeres.

Así que por favor, dejemos de obviar la realidad y de invisibilizar las injusticias y a los sujetos políticos de cada movimiento, y sobre todo evitemos decir cosas como "todas las vidas importan", "ni machismo ni feminismo", "muertes" en lugar de "feminicidios", y cosas del estilo, y llamemos a las cosas por su nombre.

Las vidas de las mujeres importan.
Las vidas negras importan.
Las vidas de las personas homosexuales importan.
Las vidas de los niños y niñas importan.
Las vidas indígenas importan.
Las vidas de los animales importan.
...

domingo, 17 de mayo de 2020

Anclada

A veces me pregunto cómo hubiera sido mi vida si en vez de esto hubiera hecho aquello, o qué habría pasado si no hubiera tomado tal o cual camino. No es algo que haga a menudo pues estoy bastante satisfecha con mi vida y soy feliz por todo lo que soy y he conseguido. Pero inevitablemente, muy de vez en cuando, esas ensoñaciones se me pasan por la cabeza.

De cualquier modo, lo que pudo haber sido y no fue, no será. Al menos no de la manera que hubiera podido ocurrir en ese momento dado. Pero eso no quiere decir que algo similar o mejor pueda darse. Nunca es tarde para retomar sueños y proyectos, pero la gran pregunta es, ¿lograré cumplirlos? La respuesta depende en gran medida de mis actos y decisiones, pero como en todo, también existen factores externos fuera de mi control. De esos, en realidad, no debería preocuparme pues al estar fuera de mi alcance, poco o nada puedo hacer. Sin embargo, de lo que sí está en mi mano, ¿cuánto estoy dispuesta a llevar a cabo?

La cuestión ahora, no obstante, es otra. ¿Cuánto de aquello que está en mi poder puedo realizar ahora dadas las circunstancias? Esta situación de incertidumbre provocada por la pandemia parece que tiene a medio planeta a expensas de ver cómo evoluciona todo y con sus planes de vida a medias. Hay cosas que, por mucho que quieran, no podrán hacer pues no están permitidas. Por ejemplo, viajar. ¿Cuántos lugares tengo en mente visitar? Infinitos. ¿Cuántos podré visitar este año? ¿Uno? ¿Ninguno? La verdad es que hasta ahora no había pensado mucho en ello, pero ahora que se aproxima el verano, mi época de vacaciones, me entristece un poco la idea de no poder hacerlo. No es que vaya a dejar que ello me deprima, pero sí que deja mi vida en un estado de stand-by que no me apetece mucho vivenciar en estos momentos.

Sé que puedo hacer otras cosas, pero el cuerpo me pide movimiento, actividad. Así que eso me lleva a viajar de la única manera que puedo hacer ahora: a través de las fotos. Y no mirando fotos de aquellos sitios que quiero conocer, no -no quiero ponerme los dientes largos y frustrarme más-, sino echando la vista atrás y rememorando algunos de mis viajes del pasado. Y al ver las fotos no puedo evitar sentir una mezcla de nostalgia, orgullo y hasta arrepentimiento por no haber hecho más. Sé que esto es típico de la especie humana, lamentarse por lo que no hizo, lo que no es, y lo que cree que no tendrá. Yo no suelo ser así, pero este estado de estancamiento, de pausa indeterminada me ha llevado a preguntarme cuándo podré retomar mis sueños y planes. Porque ahora que no puedo salir de estas cuatro paredes, es cuando más ganas tengo de salir a explorar. Pero no se puede, y por eso me torturo con el "¡Ay, si hubiera hecho más cuando se podía!"

A todo esto he de sumarle otros factores que comento a menudo con amistades de mi generación, como es, por ejemplo, el factor económico. La situación de este país es pésima, y para las personas de mi edad las esperanzas son muy limitadas. El trabajo es escaso, los sueldos muy precarios, los alquileres prohibitivos... lo cual nos lleva a la mayoría a tener que seguir en casa de nuestros padres. Y yo me pregunto, por muy bien que podamos estar, ¿conseguiremos algún día esa independencia tan deseada para la que nos educaron, para la que tanto nos esforzamos y pusimos toda nuestra ilusión? O ¿estamos condenados a vivir como eternos adolescentes de recursos limitados?

Todas estas incógnitas me hacen sentir actualmente como una barca varada, abandonada, pero no en movimiento (si al menos me moviera, aunque fuera a la deriva, podría sentir que avanzo en cierto modo), sino anclada. Siento que mi ancla es más grande y pesada que mi propia barca, y que se encuentra enterrada en lo más profundo del océano. Y así, desesperada me pregunto ¿cuándo podré levar mi ancla? 

domingo, 10 de mayo de 2020

La buena educación

Pocas frases son tan ciertas como aquella que reza la Biblia de la verdad te hará libre. Pero claro, ¿qué es verdad y qué no? Yo cambiaría la palabra verdad por conocimiento, pues al conocer las cosas, estas pueden convertirse en nuestra verdad y así liberarnos de la ignorancia en la que estábamos.

Ayer terminé un libro que hablaba de simplificar nuestras vidas, de centrarnos sólo en lo esencial, en aquello a lo que damos más importancia. Y esto me hizo pararme a pensar qué era lo más importante en mi vida. Lo cual me llevó a acordarme del libro que me había leído anteriormente de Tara Westover. Y lo tuve claro: una educación. Y no me refiero a los modales que nos enseñaron nuestras madres, padres y mayores, sino a la que se obtiene a través del estudio, ya sea académico o por cuenta propia. Y, ¿por qué pongo esto en lo más alto de mi lista de prioridades? Pues por lo que decía en la introducción, porque el saber te hace libre, y no hay nada más esencial para mí que la libertad.

Dicen que el saber no ocupa lugar, y estoy de acuerdo, pero añadiría que el saber más bien te da un lugar en el mundo. Aprender es lo que nos construye como seres autónomos y autosuficientes. Y no me refiero a memorizar datos como un loro como se hacía en la escuela, sino al acto genuino de adquirir unos conocimientos, entenderlos, y saber aplicarlos. Eso es aprender. Y sólo eso es lo que nos convierte, en mi opinión, en algo más que meros seres humanos. Nos convierte en personas.

Persona viene del latín y significa literalmente "máscara" o "personaje teatral", es como la máscara que nos ponemos para actuar en el mundo. Sabemos bien que para actuar en una obra de teatro debemos aprendernos unas líneas e interpretarlas de forma creíble. Y creo que es fácil diferenciar a aquellos actores y actrices que simplemente se han aprendido de memoria su guion de aquellos y aquellas que lo han integrado. De igual manera funciona el aprendizaje. 

A menudo se habla de la importancia de la libertad de expresión. Todo el mundo defiende este derecho humano básico, dando por hecho que todos y todas deberíamos poder decir "lo que nos dé la gana". ¡Como si la libertad fuera eso! Pero yo os pregunto, ¿de qué sirve la libertad de expresión si tu mente está manipulada para que digas lo que los demás esperan de ti? ¿De qué vale poder decir esas cosas aprendidas de memoria, si tú misma/o no las entiendes? ¿Para qué queremos tener "libertad" de expresión si no tenemos libertad de pensamiento? ¿Y cómo se consigue pensar libremente? Formándote, estudiando, teniendo una educación.

Tener una educación no significa, necesariamente, ir a la universidad. Está demostrado que muchas personas con estudios formales no tienen pensamientos propios. Tener una educación propiamente dicha, requiere, para empezar, reconocer las carencias, poner en duda todo, estar dispuesta/o a rectificar, y adquirir nuevos conocimientos. Significa tener la humildad de saber que no sabemos nada, como diría Sócrates. Y, en segundo lugar, tener una educación o ser una persona "educada" significa tener curiosidad así como una estrecha relación con los libros y otras fuentes de conocimiento. Significa escuchar, observar, prestar atención, analizar y tener una mente crítica. No sólo con lo otro, sino con la propia persona. Porque si no te cuestionas de vez en cuando, vivirás en la soberbia de creer saberlo todo. 

La información es adictiva. Cuanto más descubres, más quieres conocer. Es como una droga, pero con efectos secundarios positivos. Porque cuando la adquieres, te permite argumentar con credibilidad y debatir con seguridad. Te proporciona autoestima, confianza y autonomía. El conocimiento te transforma en persona, pero no en una cualquiera, sino una independiente y libre. La información es poder. O, como decía Nelson Mandela, la educación es un arma poderosa con la que se puede cambiar el mundo.

"La actividad más alta que un ser humano puede alcanzar es aprender para entender, porque el entendimiento es ser libre".-Baruch Spinoza

Recomendaciones de libros autobiográficos sobre la importancia de tener una educación:

  • Una educación, de Tara Westover.

  • Yo soy Malala, de Christina Lamb y Malala Yousafzai (Premio Nobel de la Paz 2011 por su defensa de su educación de las niñas)


domingo, 26 de abril de 2020

Todas para una y una para todas

Históricamente las mujeres hemos sido conocidas por ser malas y peligrosas. Sólo hay que recordar que cargamos con la culpa del pecado original por la curiosidad y desobediencia de Eva. Y desde entonces se ha dicho de todo sobre nosotras: que somos malas entre nosotras, envidiosas, superficiales, falsas, amigas desleales, criticonas, interesadas y un largo etcétera. Yo misma he llegado a creer estas afirmaciones sin pararme ni un segundo a pensar en por qué era eso así. Y lo cierto es que, a día de hoy, después de mucho análisis, he llegado a la conclusión de que no somos nada de eso.

Si hay algo que todas compartimos es la propia experiencia de ser mujeres, de haber nacido y sido socializadas como mujeres. Esta realidad y lo que ello conlleva eclipsa y anula todos los calificativos que nos han acuñado a lo largo de la historia, cuyo objetivo era crear competitividad entre nosotras y separarnos. Porque es unidas cuando podemos ser realmente peligrosas para el status quo. Así que por ello el patriarcado se ha encargado muy bien de instaurar la misoginia dentro de cada una de nosotras a través de la educación y la cultura. Divide y vencerás, pensaron ellos.

Pero volviendo a lo que nos une. Es innegable que todas las mujeres del mundo sufren día a día las consecuencias de vivir en un mundo hecho por y para hombres. Y a pesar de ser la mitad de la población mundial se nos ha excluido de todas las esferas de poder, de aquellas que construyen las civilizaciones y sociedades humanas. Y es esa exclusión y esa opresión compartida la que nos une y nos recuerda que no somos enemigas, sino que debemos ser aliadas en una lucha por nuestra propia liberación. Porque no, no queremos igualdad, no queremos ser iguales que los hombres ni tener sus mismos privilegios, queremos desmontar todo el sistema y crear uno nuevo basado en una igualdad real, de base. Queremos una revolución.

Y ¿cómo llegamos a esta conclusión o a esta casi revelación divina? Gracias al feminismo. Porque el feminismo es un movimiento ideológico de liberación. Es un movimiento que te coge por los hombros y te menea de tal manera que se te caen todos los valores adquiridos a lo largo de tu vida. Y entonces te hace ver el mundo desnudo, tal cual es. Y no hay vuelta atrás. 

Es desde el feminismo donde surgen campañas como el #metoo, el #yosítecreo, o el #cuéntalo. Campañas hechas para decirles a las mujeres que no están solas, que todas hemos pasado y seguimos pasando por las mismas experiencias opresivas. Y esto crea un sentimiento de pertenencia tan fuerte que es imposible controlar las ganas de gritarle al mundo todo cuanto destapas y descubres cada día. No es obsesión, no es una secta. Es una lucha por los derechos humanos que se nos siguen negando. Y cuando se trata de defender algo tan básico como los derechos humanos, no hay tiempo para individualismos, percepciones personales ni justificaciones, lo que es urgente es la lucha colectiva de todas las mujeres del mundo (el 51% de la población mundial). Sin jerarquías verticales (propias del patriarcado), sino desde la horizontalidad, donde todas aportamos por un bien común.

Y así es como se crean las manadas de verdad, las que salen juntas y cooperan para luchar por nuestras vidas, nuestra libertad y nuestra dignidad. Así es como se crean las auténticas redes sociales, los grupos de concienciación, las jornadas y feminarios donde todas acabamos conociéndonos y aportándonos valor unas a otras. Todo por una causa común: la liberación. Y ese luchar codo con codo, mano a mano, se llama sororidad. Y es la que hace que si se cae una, nos levantamos todas. La que nos convierte en mosqueteras y hace que estemos todas para una, y una para todas.


"El feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente". ~Simone de Beauvoir